“Political Maternity” (2014/2019) de Darya von Berner

¿Puede un impuesto a la gentrificación transformar quién se beneficia del valor de la ciudad?

GTA busca que el trabajo de cuidado y comunidad regrese a quienes lo producen, ofreciendo seguridad y permanencia en los barrios.

Parkdale es un barrio al oeste de la ciudad de Toronto en Canadá que está, desde hace varios años, afectado por un intenso proceso de gentrificación. En 2018 un grupo de artistas, arquitectos, diseñadores y urbanistas crearon el colectivo Gentrification Tax Action (GTA) (en español, acción por un impuesto a la gentrificación) y en estrecha colaboración con los vecinos de Parkdale propusieron un impuesto municipal que gravaría el aumento del valor de las propiedades residenciales, ajustado a la inflación, en el momento de la venta, con tasas más altas para operaciones especulativas a corto plazo, pero más bajas para quienes permanecen. Los ingresos no serían destinados a los presupuestos generales de la ciudad, sino a fideicomisos de tierras comunitarias y cooperativas, anclando de ese modo el valor en el barrio que lo produjo.

 

La premisa detrás de esta propuesta es que el valor inmobiliario no nace del mérito individual, sino del trabajo colectivo que sostiene la vida cotidiana. Los barrios no se vuelven “deseables” por accidente, sino porque alguien cuida, organiza, acompaña, crea cultura, redes y sentido de permanencia. Este trabajo, que es mayoritariamente realizado por mujeres, reduce riesgos, produce estabilidad y genera arraigo. La gentrificación convierte ese trabajo y sus resultados en renta.

 


Las mujeres están sobre representadas en el mercado de alquileres y tienden a adquirir una vivienda propia más tarde en la vida (si es que lo logran), lo que resulta de salarios más bajos, carreras profesionales fragmentadas y mayor carga de trabajos de cuidado


 

GTA busca redirigir las ganancias que resultan de operaciones especulativas hacia iniciativas vivienda de gestión comunitaria. Con ello cuestiona y desafía qué entendemos por valor y quién tiene derecho a capturarlo. Las mujeres están sobre representadas en el mercado de alquileres y tienden a adquirir una vivienda propia más tarde en la vida (si es que lo logran), lo que resulta de salarios más bajos, carreras profesionales fragmentadas y mayor carga de trabajos de cuidado. Si bien enfrentarse de este modo a la especulación inmobiliaria no elimina la desigualdad, vale señalar que sí contribuye a crear permanencia y seguridad en términos de vivienda y comunidad.

 

En la medida en que GTA se enfrenta al estatus quo de la propiedad privada, enfrenta ciertos límites. Uno de ellos es una posible resistencia política. Otro, que los ingresos, especialmente a pequeña escala, sean ser insuficientes para tener un impacto a mayor escala. Finalmente, que, al pasar a manos de las autoridades municipales, se diluya en una gestión burocrática, técnica presupuestal de redistribución, perdiendo con ello su capacidad de crear cambios sistémicos. Por otro lado, es importante mantener en mente que los modelos comunitarios se suelen apoyar en el trabajo emocional y organizativo no remunerado, que vuelve, como menciono líneas atrás, tiende a recaer sobre las mujeres.

 


Una iniciativa como GTA funciona como una apertura crítica porque desplaza el centro del debate. Desnaturaliza que el aumento del valor inmobiliario es un fenómeno privado y neutro e insiste en que ese valor es producido colectivamente y, en gran medida, por trabajos territorializados realizados por lo general por cuerpos mujeres


 

Más allá de su viabilidad inmediata, una iniciativa como GTA funciona como una apertura crítica porque desplaza el centro del debate. Desnaturaliza que el aumento del valor inmobiliario es un fenómeno privado y neutro e insiste en que ese valor es producido colectivamente y, en gran medida, por trabajos territorializados realizados por lo general por cuerpos mujeres que no suelen ser remunerados, como el cuidado y la organización comunitaria. Al hacerlo, abre una grieta en el régimen dominante de la propiedad.

 

En este sentido, tomo al (al menos por ahora) GTA no como una solución cerrada, sino un marco desde el cual pensar en otras formas de propiedad, gestión y responsabilidad compartida. Más que redistribuir recursos, invita a pensar políticas de vivienda capaces de intervenir en la manera misma en que el valor se produce, se captura y se reproduce. Es, para mí, un gesto que para alejarnos de sistemas (o soluciones) en los que el trabajo que sostiene la vida no sea continuamente extraído y convertido en renta, y en el que la vivienda deje de ser el espacio donde la desigualdad se consolida para convertirse en un terreno donde, al menos, pueda empezar a ser disputada.

 

Mariana Barreto Ávila es responsable de contenidos internacionales Posibilita, Doctora en español y portugués por Northwestern University y multi-lingual social researcher.

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