Tomada el pasado verano, la instantánea ya forma parte de la historia colectiva: Un grupo de vecinas sentadas en sillas de camping, al anochecer, ríen mientras hablan entre ellas. No se sabe quién tomó aquella foto, que en cuestión de horas arrasaría en las redes. Se trata de la primera noche, y aún solo son una decena, si se afina la mirada, se puede distinguir que algunas mujeres llevan camisetas de la Plataforma de Afectadas por la Hipoteca o del Sindicato de Inquilinas, así como algún pañuelo, o pancarta artesana del movimiento por la vivienda. A varios meses de aquella espontánea cita originaria, dos de sus participantes narran a este medio lo lejos que estaban de imaginar lo que acabaría pasando.
“Estábamos contentas de haber tomado la pequeña decisión de bajar con las demás a charlar a la acera, y ya está”, explica Marisa, una de las mujeres que sonríen en la foto, “son ¿sabes? esos mínimos gestos que de pronto te hacen sentir valiente, y te invitan a dar un pasito más”. Lo que estas mujeres aún no sabían es que aquella pequeña sentada a la fresca sería el inicio de un movimiento que desbordaría todas las expectativas. “Yo no sé si sentarse en la calle en pleno agosto madrileño puede considerarse ‘estar a la fresca’”, ríe Carmina, activista de larga trayectoria en el movimiento por el derecho a la vivienda. Cuenta esta profesora jubilada que en las últimas décadas había vivido momentos hermosos: asambleas recién creadas donde la gente experimentaba por fin que no estaba sola; desahucios detenidos en los que las vecinas se abrazan eufóricas después de la tensión; grandes movilizaciones que ocuparon el centro de la ciudad. “No sé cómo explicarlo, a lo largo de todo este tiempo he sentido la alegría más pura, esa que se comparte en los triunfos colectivos, he sentido esperanza al ver a tanta gente solidaria movilizada, me ha matado de dolor ver a gente expulsada de sus casas, he creído morir de rabia, cada vez que perdíamos, o que una nueva promesa política se desvanecía… pero lo de la noche del 15 de agosto de 2026 fue distinto a todo esto”.
Marisa recuerda que todo empezó con el grupo de whatsapp del edificio. La del tercero B (quien prefiere mantenerse en el anonimato) había oído que un fondo buitre iba a adquirir el bloque de viviendas en el que vivían de alquiler, así que se puso a pedir los teléfonos de sus vecinas para poder organizarse. Era una falsa alarma, en realidad el fondo buitre había puesto su mirada en un edificio a dos manzanas, que claramente no era el suyo. Sin embargo, esta información les hizo caer en la cuenta de que sus caseros —un viejo matrimonio que preferían la tranquilidad a la voracidad rentista— no iban a durar para siempre. “Fue hasta cómico, empezamos a discutir sobre la salud de esa gente, y a especular cuántos años más nos durarían, hasta hicimos una porra”, ríe Marisa. “Entonces la del quinto A dijo: ‘igual esto no tiene tanta gracia, para mí sería la tercera vez que tengo que dejar un piso en los últimos cinco años’”. En efecto, la cosa perdió toda chispa cuando las integrantes empezaron a poner en común en el grupo la sensación de acorralamiento que tenían, las consecuencias de la inseguridad inmobiliaria en sus vidas.
“Qué locura, ¿eh? ¿quién nos iba a decir que en pocos días todas las aceras de la ciudad se llenarían de vecinas y vecinos ‘a la fresca’”, apunta la veterana activista.
Al ver que sus vecinas estaban montando una asamblea en el whatsapp, Carmina tuvo sentimientos encontrados. “Yo es que ya estaba cansada y desilusionada. Sentía que al final había encontrado, como por milagro, un alquiler razonable en un lugar bonito, con unos caseros que no se preocupaban por exprimir todo lo posible cada metro cuadrado. Pensé que ya me había ganado estar tranquila un tiempo y dejarme de fregaos”. Fue Marisa quien, harta de estar varios días con el whatsapp a tope, dijo, sin grandes pretensiones, sugirió que se dejaran de tanto mensajito y se bajaran a charlar a la calle. “En realidad es que me habían regalado una silla plegable de estas de camping, y me apetecía probarla”, ríe esta administrativa treinteañera. A las vecinas la idea les gustó, la del tercero B hizo saber que no tenía ninguna silla apropiada, y entre bromas ofreció una camiseta del sindicato de inquilinas a quien le prestara una silla de sobra. Al final había sillas para todas, pero solo un par de camisetas. “Ahí fue cuando no pude contenerme y saqué todo mi arsenal”; explica Carmina, la activista por la vivienda que no quería acabar en otra asamblea, pero que proveyó de chalecos, pancartas y hasta gorras a todas sus vecinas. De esa guisa sonreían a la cámara, aquella noche del 15 de agosto. A un lado del grupo, la terraza de un bar llena de gente hasta los topes, al otro, dos turistas paseando sus maletas. “Qué locura, ¿eh?¿quién nos iba a decir que en pocos días todas las aceras de la ciudad se llenarían de vecinas y vecinos ‘a la fresca’”, apunta la veterana activista.
“Se diría que el hecho de que todas ya habían experimentado un profundo estrés inmobiliario, pero que en ese momento no estuvieran bajo amenaza, les dio una mezcla de rabia y serenidad suficiente para sostener algo así porque sí”, especula la experta.
Una concentración inclasificable
“Quizás lo interesante de este caso es que estas mujeres no tenían más objetivo que estar juntas y compartir su desasosiego por algo que sentían radicalmente injusto”, reflexiona la socióloga Anita Carrión. “Se diría que el hecho de que todas ya habían experimentado un profundo estrés inmobiliario, pero que en ese momento no estuvieran bajo amenaza, les dio una mezcla de rabia y serenidad suficiente para sostener algo así porque sí”, especula la experta. Marisa comparte el diagnóstico de la socióloga. Explica cómo aquella primera noche, con sus camisetas, sus chalecos y sus pancartitas, aquel torrente de historias angustiosas apenas esbozadas en el grupo de wassap, adquirió otra dimensión cuando las vecinas se encontraron cara a cara. “Parecía que estábamos en un campamento de verano, compartiendo cuentos de terror inmobiliario en torno a una hoguera”. Y es que, detalla, los relatos de sus vecinas eran agónicos. “De diez mujeres que estábamos ahí, a tres o cuatro les había llegado alguna vez una orden de desahucio, dos mamás compartían un piso de dos habitaciones con sus tres hijos pequeños, una chavala estaba en crisis con su novio, por la tensión de querer tener un hijo y no tener la seguridad de poder criarlo en una casa, un par de señoras separadas, también con criaturas, hacían malabares para sobrevivir. También había dos jovencitas compartiendo casa y ganas de quemar cosas”. Al final Marisa, funcionaria que más o menos iba consiguiendo pagar alquileres de pisos cada vez más pequeños, se sentía como una privilegiada. “Fue eso lo que acabó de encabronarme”, explica.
“Es interesante cómo los movimientos espontáneos suceden a menudo así: algo está apenas floreciendo y entonces viene la autoridad a molestar, y la gente, que ya estaba caliente, acaba por combustionar, y esas chispas acaban expandiéndose y generando otras llamas”, explica la socióloga Carrión.
“Estábamos tan enfrascadas en nuestra conversación que no nos dimos cuenta de lo que estaba pasando”, evoca Carmina. Y en efecto pasaron muchas cosas mientras charlaban: la gente que pasaba no dejaba de mirarlas, varios turistas tomaron fotos de aquel momento y las subieron en las redes junto a algún comentario más o menos ingenioso. Desde la terraza de al lado la gente también les miraba curiosa. De pronto llegó la policía para preguntarles si habían comunicado la manifestación. “Es interesante cómo los movimientos espontáneos suceden a menudo así: algo está apenas floreciendo y entonces viene la autoridad a molestar, y la gente, que ya estaba caliente, acaba por combustionar, y esas chispas acaban expandiéndose y generando otras llamas”, explica la socióloga Carrión.
Cuando Carmina escucha la teoría de la socióloga, sonríe: “sí, supongo que es una forma poética pero exacta de explicar lo que pasó aquella noche”. Los policías nacionales que aquel 15 de agosto de 2026 fueron a preguntar a las mujeres sentadas frente a su portal qué tipo de concentración era aquella, no esperaban que su intervención fuera a suscitar semejante motín. “Nosotras estábamos tan tranquilas, ni se nos había ocurrido pensar que estuviéramos haciendo algo problemático”, explica Marisa, “‘estamos aquí a la fresca’, les dijimos”. Ríe para sí antes de añadir: “bueno, puede ser que hubiera un poco de sorna en nuestra respuesta, pero que yo sepa la sorna no está prohibida, y estar a la fresca tampoco”. Al policía desde luego que no le hizo gracia la respuesta de las mujeres, y les hizo saber que estaban obstruyendo el paso y que no podían quedarse ahí. Carmina recuerda que protestó: “Es que ya les vale. Le dije ‘no ves hijo que no estamos molestando a nadie’. Y el madero, todo obcecado con lo suyo: ‘que nos han dicho que están incordiando y se tienen que ir’”. Cuando las vecinas quisieron saber quién se había quejado, la compañera del agente, que también debía de estar “hasta el coño” de alquileres abusivos —intuyen Carmina y Marisa— reveló que quien se quejaba era el dueño del bar, mientras el otro policía la fulminaba con la mirada. “Y así fue como se lío”, concluye la profesora jubilada, “pusimos la serenidad en suspenso”.
El equívoco solidario
El agravio era obvio, quien quiera que fuera el propietario del bar de al lado podía ocupar toda la acera con diez mesas con sus respectivas sillas, servidas por un par de camareros sobreexplotados, al tiempo que llamaba a la policía porque las vecinas le molestaban. Carmina se levantó como una flecha y fue a hablar con uno de los camareros. “Estaba yo enfadadísima. Pero claro, el chaval me dijo, ‘señora, que yo estoy muy lejos de ser el dueño del bar, no la tome conmigo’, tenía toda la razón el pobre”. El arranque de indignación mal dirigida de Carmina, en todo caso, tuvo sus efectos, la clientela del bar se fue enterando de lo que estaba pasando, al menos aproximadamente “ya sabes, con el boca a boca, todo se exagera, y en medio hora la mitad había entendido que el dueño del bar era el dueño de todo el edificio, y que además nos quería echar a todas”, evoca Carmina conteniendo la risa, “así que ahí se vinieron todos con sus sillas a apoyarnos”. Marisa, por su parte, ya se ríe abiertamente: “Nosotras nos dimos pronto cuenta del equívoco, pero ninguna abrió la boca para desmentirlo”. Los policías, a los que debía de cuadrarles que el dueño del bar fuera también el dueño del edificio, tampoco hicieron mucha pesquisa. Pero les pareció que haber pasado de 10 vecinas, a 35 personas, 25 de ellas sentadas con sillas de propiedad ajena, ya era un tipo de reunión para la que había que pedir permiso. “Nos dijeron que desconvocáramos la protesta”, explica Marisa, “y aquí mi vecina la jubilada, que ya sabéis que está de vuelta de todo, les dijo que ella solo estaba tomando el fresco con las vecinas y que si ya ni en la puñetera calle podíamos estar, y claro, se lió, en cinco minutos había ya hasta lecheras”.
“Hay que asumir que al final hay una mayoría social hartísima con el expolio que la clase inmobiliaria está haciendo de nuestras vidas. En esa mayoría social, podemos incluir a la mayor parte de quienes alternan en los bares”
Más de doscientas personas con sus respectivas sillas se juntaron aquella primera noche. El antropólogo urbano Amancio Valle, autor de un paper sobre el tema, lo analiza así: “Hay que asumir que al final hay una mayoría social hartísima con el expolio que la clase inmobiliaria está haciendo de nuestras vidas. En esa mayoría social, podemos incluir a la mayor parte de quienes alternan en los bares”. Y es que fueron muchas las personas que se desplazaron desde las terrazas adyacentes trayendo sus respectivas sillas, ante la impotencia o la complicidad de los explotados camareros. Otros tantos vecinos que estaban contemplando la escena desde sus casas, bajaron también empuñando sus sillas plegables.
“Las vecinas de nuestro bloque nos mirábamos alucinadas: ‘la que se va a liar’, repetían las madres que comparten piso, mirando todo el rato a sus niños, que andaban fascinados, jugando por ahí”, rememora Marisa. Algunas, tímidamente, recordaron que al día siguiente tenían que trabajar, y que se iba haciendo ya un poco tarde. “Pero también pensamos que siendo nosotras quienes habíamos empezado semejante follón, no era plan de pirarnos y dejar sola a toda esta gente con la policía”. Aquí Carmina retoma el relato: “Y si seguimos mañana? “, dijo la del tercero b, y uno del grupo de los que se había venido de la terraza de al lado, le contestó, ‘pues no es mala idea’, se subió a la silla y empezó a gritar: ‘dicen las compañeras que mejor nos vemos mañana, que se ha hecho tarde, hay que respetar los cuidados y saber hasta dónde llegar si queremos que este sea un movimiento inclusivo’”, evoca la jubilada, emocionada y ligeramente burlona.
“Los agentes empezaron a identificar a la gente que salía de allí con su silla, pensando que así les intimidarían, pero muchas personas ya habían tenido que mostrar su carnet otras veces, en otras movilizaciones, y no tenían miedo. Y, sobre todo, el hartazgo compartido a veces opera como un bálsamo contra la intimidación”
“Ahí fue cuando empezaron a notarse tantos años de activismo y de pelea”, explica el antropólogo Valle “poco a poco alguna gente se iba levantando de sus sillas para transmitir la idea, mañana seguimos, decían, y luego pues la explicación de lo cuidados y tal pues la reproducía cada cual a su modo”. Aquella noche los policías, que ya estaban volviéndose un poco locos pensando en cómo iban a cargar con tanta silla de por medio, asistieron alucinados ante el espectáculo de los vecinos plegando sus sillas y dirigiéndose a sus portales, mientras la clientela de las terrazas, llevaban ordenadamente las suyas hasta su lugar original e incluso ayudaban a cerrar a los camareros, que por aquel entonces ya se habían sumado a la acción, sentándose. Aquí Valle identifica otra característica significativa de esta protesta: “Los agentes empezaron a identificar a la gente que salía de allí con su silla, pensando que así les intimidarían, pero muchas personas ya habían tenido que mostrar su carnet otras veces, en otras movilizaciones, y no tenían miedo. Y, sobre todo, el hartazgo compartido a veces opera como un bálsamo contra la intimidación”.
Seguimos mañana
Al día siguiente, la acción ya circulaba por las redes sociales y en seguida los medios se acercaron para buscar una portavoz de las vecinas. No era fácil, ninguna quería hablar por nadie. Con todo, a la pobre Carmina, a quien podía verse en los vídeos que se movían por internet, y que ya habían aparecido en algún que otro telediario, la interceptaron camino al supermercado. “Era un reportero plasta de estos que nunca sabes si te preguntan o te agreden, y claro, mi primer impulso fue tirar para adelante con el carrito de la compra como si fuera un bulldozer, que no estaba yo para tonterías”. Pero el agitador no se quitaba de en medio, y empezó a acusarle de mentirosa a gritos. “Va y me dice ‘señora, ¿es verdad que el propietario del bar es el mismo que el de su casa y que quieren echarles? ¿han recibido ustedes una orden de desahucio?’, Y yo pensé, mierda. Encima ahora nos van joder a nosotras”. Carmina tuvo un momento epifánico “encontré la respuesta perfecta, tantos años de asambleas y de parar desahucios me habían dado mis recursos”. La jubilada dijo dos verdades: la primera que no, que el dueño del bar era un estúpido multipropietario seguramente, pero que su casero no era. Que los dueños de su edificio eran unos ancianos que no parecían tener la intención de subir alquileres ni echar a nadie. Y después añadió: “Pero lo que no es normal, hijo, es que tengamos que depender de la generosidad de nuestros caseros, que la ansiedad del techo nos coma la vida y la alegría para que otros acumulen. A nosotras nos preocupa toda la gente que vive lo que nosotras hemos vivido. Y además, joder, que simplemente estábamos a la fresca”.
Lo que pasó después, Carrión lo considera central para que el vídeo volase por las redes. “¿Y a usted le parece normal que se ocupe, que se lleve al desorden público, o que la gente se niegue a pagar el alquiler?”, recuerda la socióloga que dijo el agitador. “‘Pues sí, ¿a ti no?’, contesta ahí ya Carmina, a lo que el otro niega con la cabeza, y es entonces cuando la activista le suelta: “pues a ver hijo si vas a ser gilipollas”, evoca Carrión palabra por palabra con una amplia sonrisa. Explica la socióloga que esta vez al supuesto periodista no le valió la estrategia del victimismo. “Eso de gritar como un descosido que Carmina le había llamado gilipollas, mientras que la vecina, que ya había tenido suficiente, le decía que o se quitaba de en medio o le atropellaba con el carro de la compra. “Su canal puso en redes un vídeo titulado, ‘Vieja mentirosa y violenta ataca a nuestro compañero’”, recuerda la socióloga, “en menos de dos horas la vieja mentirosa y violenta se había convertido en una heroína popular, y el “mañana seguimos”, de la noche anterior, había adquirido tintes de convocatoria masiva.
“Entonces el vecino se sacó el móvil del bolsillo diciendo, ‘jaja, doscientas personas’, y me enseñó el instagram. Había peña en aceras de todos los barrios, algunas cortando la calle directamente, no me lo podía creer”
Siguieron
Cuando la noche del 16 de agosto Marisa se asomó a su ventana y vio a doscientas personas con sus respectivas sillas, pensó que en realidad ella solo quería estrenar su silla nueva del decathlon. “Entonces me crucé con el vecino del quinto C en las escaleras y me dijo: ‘madre mía, la que habéis montado con el occupy aceras’”. Al principio pensó que era un reproche, pero luego vio que llevaba bajo el brazo una banqueta “‘no he encontrado nada mejor’, se disculpó y todo”. Marisa cuenta que quiso quitarle importancia al asunto, al fin y al cabo eran algunas decenas de personas que en unos días ya se habrían cansado. “Entonces el vecino se sacó el móvil del bolsillo diciendo, ‘jaja, doscientas personas’, y me enseñó el instagram. Había peña en aceras de todos los barrios, algunas cortando la calle directamente, no me lo podía creer”.
Durante la primera semana la ciudad era una fiesta: gente de toda edad y condición salía con sus sillas a la calle, charlaban con las vecinas del precio de sus pisos, de lo que les había costado la hipoteca, de la perspectiva de pasarse el resto de su vida pagando por una casa cada vez más costosa, de los sacrificios que habían de hacer. En la tele y la radio, los periodistas entrevistaban todo el tiempo a jubilados que veían cómo tenían que ayudar a sus hijos a pagar la renta, mujeres y hombres que habían tardado años en poder mudarse tras la separación o que aún seguían compartiendo, niñas que mientras que comían pipas sentadas en el bordillo de la acera, hablaban de sus padres enfadados o sus madres angustiadas por no poder pagar el alquiler. “Lo que les unía no era tanto una situación de peligro de desahucio o estrés inmobiliario”, explica Valle, quien recuerda que allí también había alguna gente con el dolor de cabeza de la casa resuelto, “lo que les unía”, concluye el antropólogo, “era la rabia por esta situación”.
Más rabia hubo cuando al séptimo día los antidisturbios empezaron a cargar. “¿Qué necesidad?”, se indigna Marisa al recordarlo, “estaba medio barrio en la calle, ¿cómo se les ocurre?” Las imágenes abrieron los telediarios, y el gobierno, que se consideraba progresista, se dio cuenta de que la represión le iba a penalizar. Por su parte, los socios minoritarios del ejecutivo esta vez no tenían escapatoria. Carmina, que insiste en que ella no se fía nada de los políticos, aún habla de aquel episodio con perplejidad. “Es que a mí la política institucional me parece una gran engañifa, entonces cuando vi que esta vez los socios sí amenazan con abandonar el gobierno si no se atiende a nuestros reclamos, lo flipé, la verdad”, celebra Carmina. Incluso algunos de la oposición se acercaron a escuchar sus propuestas. “Y propuestas teníamos a cholón después de tantos años peleando”, ríe la veterana activista
En las principales tertulias y cabeceras de la derecha empezó una gran campaña contra las movilizaciones, acusándolas de querer subvertir el orden estatal antidemocráticamente, espantar la inversión, y acosar a los CEOS de los fondos de inversión. En los medios más cercanos al gobierno, se les acusaba de ser demasiado radicales y allanar el camino de la extrema derecha. En respuesta, las viejas y recién creadas redes de apoyo mutuo entre vecinos convocaron una manifestación, la idea era recorrer desde Atocha a Sol con el único lema burlón: “blablablablablá”. “Dicen que se le ocurrió a un grupo de adolescentes hartos de la manipulación mediática”, explica la socióloga Carrión. “No podían haber estado más acertados los muchachos. Las movilizaciones fueron un triunfo y salieron hasta en la prensa internacional”. Se acercaba septiembre. Para entonces, quienes habían pensado que las sentadas con silla plegable durarían hasta que empezara el curso y se acabara el calorcito empezaban a preocuparse. Tenían motivos, a siete de septiembre la cosa seguía en su climax. Ya en minoría, el gobierno intentó una salida hacia delante: un decreto exprés sobre vivienda.
Carrión explica que el hito fue que los sindicatos laborales se pusieran de acuerdo con el movimiento de vivienda. “Por fin entendieron que de nada sirve negociar el salario mínimo si luego se lo come íntegro el alquiler”, desarrolla la socióloga
La nueva ley
“¿Cómo te lo digo? era ambicioso para la catástrofe inmobiliaria de la que veníamos”, explica Marisa. El borrador impedía la compra de vivienda a no residentes, imponía una moratoria indefinida a la inversión inmobiliaria, incluía la obligatoriedad de revisar los alquileres en relación con el salario medio, introducía topes por metro cuadrado, y un plan de vivienda social accesible, “yo casi me echo a llorar cuando lo leí”, apunta la administrativa. Carmina, por su parte, no se creyó ni medio palabra “a ver, sabían que eso se iba a caer por el camino, así que escribieron la lista de los reyes magos”. Lo que no esperaban era una huelga general por la vivienda convocada rapidísimo. Carrión explica que el hito fue que los sindicatos laborales se pusieran de acuerdo con el movimiento de vivienda. “Por fin entendieron que de nada sirve negociar el salario mínimo si luego se lo come íntegro el alquiler”, desarrolla la socióloga. Aquella movilización fue distinta: no hubo marchas ni piquetes: la gente salió a sentarse en sus sillas plegables por todo el país. El 15 de septiembre de 2026 el decreto salió adelante con el voto del gobierno, los socios minoritarios, algunos partidos en la oposición, e incluso un puñado de votos de otros partidos, “el derecho a techo se había convertido en aplastante sentido común y algunos diputados se vieron presionados a votar afirmativamente por miedo al escarnio público”, concluye la socióloga.
Acabando el 2026, Marisa y Carmina revisan los últimos meses con estupor y entusiasmo. “No podíamos imaginarnos que podía pasar algo así”, explica Marisa, sentada en la silla plegable con la que inició todo. Carmina se lo cree aún menos: “conseguida esta primera conquista fueron llegando otras, la rebaja de los contratos, la expropiación de los fondos de inversión, la prórroga indefinida. Todo ese vocabulario de años de activismo, que nos llevaba al choque continuo con la realidad, de pronto se materializaba y cambiaba la vida de la gente”.
En su paper sobre el movimiento del “mañana seguimos”, Valle comparte este análisis: “lo que hicieron estas mujeres conectó el cansancio espontáneo de gente harta del sufrimiento generado por la precariedad, con los movimientos de vivienda existentes con una larga práctica de lucha, pero que estaban agotados tras tantas derrotas”, el antropólogo considera que el desborde cambió la misma forma de pensar los barrios y tratarse con las vecinas, y que la festividad y ligereza del verano, facilitó la continuidad de las movilizaciones. “Y luego, claro, estuvo la represión, que desbordó el vaso, pero también las inteligentes alianzas hechas con partidos y sindicatos, que por una vez parecieron funcionar”, concluye. Carmina tiene su propia mirada sobre lo que pasó: “yo creo que en cuanto la gente empieza a sentirse bien, a disfrutar de cierta tranquilidad, a tirar a la basura los ansiolíticos y mirar a sus hijos con otra serenidad, está dispuesta a seguir peleando porque entiende que la vida puede y debe ser mejor”.
Sarah Babiker es colaboradora en contenidos Posibilita, periodista y antropóloga especializada en desigualdad.