No proclaman que el sitio de la mujer sea la casa o la crianza; que su trabajo sea secundario o que sea justo que, por el mismo desempeño, tengan que demostrar mejor currículum y estar dispuestas a ganar menos. Afirman que ellos quieren una relación equitativa (aunque paguen el 50% del alquiler, ganando el doble que ella). También comentan que los fines de semana se encargan de la cocina o de fregar los platos. Van a la función del cole, les cuentan a sus amigos que no pueden ir al partido de pádel porque se llevan a su hijo o hija a un curso de iniciación al sushi, rafting, karting o kinépolis. En un proceso reciente, tuve de contrario a uno que, en su solicitud de custodia compartida, como plan de parentalidad, presentó los vídeos de todas y cada una de las salidas que hizo con su hija de 5 años durante meses: al campo, al río, a la granja de patos, montando en bici, cogiendo piedras, en casa de los abuelos, de la tía, en el restaurante. También la grabó mientras hablaba con ella por teléfono, y todos pudimos escuchar los “te quiero papi” con los que se despedían.
Todos estos hombres que he descritos son padres, y hacen de padres, sin duda. Padres modernos. Ponen todo su empeño en hacerlo bien, o eso creen, y lo consiguen, unos más, otros menos, con sus limitaciones, sus carencias, sus sesgos, sus heridas, sus creencias, con todo. Como tú. Como yo. Como cualquiera. Pero a estos padres les une un “algo”. Un hilo invisible. Un espacio común en el que habitan junto con otros hombres que no se esfuerzan tanto, que no ponen tanto empeño, que no hablan ni de equidad ni de reparto, ni de tareas ni de corresponsabilidad y que, probablemente, mejor dicho, mayoritariamente, nacieron en décadas anteriores a estos. Entonces, ¿qué es esto que los une?
“Este mandato pone a los hombres en una constante necesidad de demostración ante sus pares de su potencia (económica, sexual, física o de dominación) para tener aceptación” (Vigón, 2018).
El mandato de masculinidad es un concepto propuesto por la antropóloga argentina Rita Laura Segato (Buenos Aires, 14 de agosto de 1951) para referirse a los imperativos que ha de cumplir el varón, para desempeñarse como tal, desde que nace hasta que muere, incluyendo el cómo ha de comportarse frente a las mujeres: “Este mandato pone a los hombres en una constante necesidad de demostración ante sus pares de su potencia (económica, sexual, física o de dominación) para tener aceptación” (Vigón, 2018).
Tras más de 15 años de ejercicio profesional, de varias nefastas y destructivas experiencias personales y de hablar/charlar/compartir/llorar con decenas de mujeres –madres o no– de sus relaciones de pareja y familia o, incluso, de las relaciones que sus propias madres, hermanas, primas, amigas e hijas tenían con sus parejas y familias, he llegado a la siguiente conclusión personal respecto de las relaciones entre hombres y mujeres, ya sea con padres ejemplares, modernos, mediocres, esquivos, ausentes, antiguos o modernos: el avance del feminismo, de la conciencia social y de los procesos legislativos, con sus múltiples y constantes reformas, ha ido desplazando la forma en que los hombres ejercen el poder sobre las mujeres, pero no ha eliminado ni un ápice la violencia. Sin más. Fin de la conclusión. Gracias por venir.
Los hombres se siguen relacionando, como dice Segato, demostrando su potencia frente a sí mismos, frente a otros y frente a sus parejas. Si la ley, la jurisprudencia o la alarma social les dice que ya no queda bien hacerlo de una manera (pegar está feo, por ejemplo), ya se buscan ellos otra. En una sociedad capitalista, en la que el dinero es poder, es fácil adivinar qué opción les queda a estos hombres para demostrar su masculinidad: la violencia económica. El mismo lobo, distinta piel.
Me atrevo a decir que la violencia económica está bien vista por mucha gente porque ¿acaso no es interesado que una mujer se divorcie y pida una pensión elevada?, ¿no será que es un poquito aprovechada?
Antes, la violencia que los hombres podían ejercer contra las mujeres, era total, incluyendo violencia física, sexual, psicológica y económica (sí, por supuesto, no es algo nuevo). Pero ahora, con los nuevos límites, las formas más primarias, quedan reservadas a los peores especímenes (criminales, violadores, torturadores…esos locos con los que ningún hombre moderno se identifica), y aquellos que se consideran “buenos”, hasta “feministas” (porque “ayudan” a su mujer, eso es feminismo, no?) se quedan sin más opción que ostentar su autoridad, sus dotes de mando, su potencia, o lo que queda de ella (según qué tan integrado tengan el mandato de masculinidad) a través de violencias más sutiles, menos evidentes y, sobre todo, menos despreciables socialmente. Es más, me atrevo a decir que la violencia económica está bien vista por mucha gente porque ¿acaso no es interesado que una mujer se divorcie y pida una pensión elevada?, ¿no será que es un poquito aprovechada?
¿Por qué un hombre que se ha ganado el pan con el sudor de su frente, trabajando de sol a sombra, tiene ahora que verse despojado de su capital porque su ex, que trabaja a tiempo parcial porque es una cómoda, gane infinitamente menos? Pero, vamos a ver, qué se espabile ella, ¿no? ¿No tiene las mismas oportunidades?, ¿no pudo decidir trabajar en vez de quedarse en casa cuidando de las criaturas? Y tú, mujer, si quieres tanto a tus hijos, ¿por qué para cuidarlos pides un dinero a cambio? Deberías ofrecerte a tenerlos y mantenerlos solo tú, pues son sangre de tu sangre, fruto de tu vientre (y se alimentan de aire).
Hace poco tuve una comparecencia de medidas provisionales en el que un señor, que ingresaba en torno a 300000 euros netos al año (creemos que mucho más, pero solo esto pudimos sacar a nivel documental) y prácticamente vivía fuera de España el 80% el tiempo (como luego quedó acreditado), afirmaba que podía ejercer una custodia compartida por semanas (es más, aseguró estarla ya ejerciendo mientras teletrabajaba en el sótano de su casa) pero que su ex quería la custodia exclusiva de sus hijos para pedir un dineral y quedarse en la casa familiar (chaletazo, os podréis imaginar). Además, según él, ella había tenido muchas oportunidades de trabajar pero las había desaprovechado todas. En contestación a mis preguntas, relató cómo sus hijos comían la comida que hacía la abuela (la madre de él), y cómo el abuelo (el padre de él) ayudaba a los niños con los deberes y se encargaba del jardín. Vamos, prácticamente nos relató en sala que su esposa era una zángana, una mantenida que no hacía nada. Indicando que había dejado su lucrativo trabajo tras su segunda baja por maternidad por gusto, para descansar y para pintarse las uñas.
Afortunadamente para el juez que estaba presente, este relato no resultó creíble, pero aun así y con todo y con esas, condenó a este personaje a una pensión que, a día de hoy, a esta mujer, le da, junto con su salario actual, para cubrir los gastos de la casa familiar y llegar justita a fin de mes. Hay meses que ni eso. Y es una afortunada, que conste, porque se casó en régimen de gananciales y aunque jamás sabremos cuánto ha ganado y tiene este hombre en el extranjero, bien escondido, por lo menos sabemos que cuando se liquide la vivienda (el chaletazo) le quedará lo suficiente para procurarse un piso modesto y pequeño para ella sola y sus hijos y no tan alejado de donde tienen el colegio. Un privilegio, para lo que veo en juzgados. Hasta para elegir hombre violento, hay que saber hacerlo.
¿Qué es la violencia económica?
Según un reciente estudio de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género, la violencia económica es una manifestación poco conocida y menos estudiada, de la violencia doméstica, y se caracteriza por desplegarse en tres dimensiones: el control económico, el sabotaje laboral y la explotación económica. El control económico es lo que hacía el señor de antes con mi cliente: ganar 25000 euros netos al mes para callárselos, guardárselos e ingresar en la cuenta común (la única a la que ella tenía acceso) la módica cantidad de 1000 o 2000 euros para suministros de la vivienda y el coste del colegio de los niños. Bueno, también le facilitaba una tarjeta Carrefour con la que podía llenar la nevera y comprarse su ropa y la de los vástagos. Un lujo. Él, por cierto, se presentó en el juzgado con un espectacular moreno de playa que luego supe se debía a que vivía en Miami (no en el sótano, como dijo).
El sabotaje laboral también lo pude ver en este proceso. Primero, la promesa de “tengamos un hijo y criémoslo juntos”. Luego llega el embarazo y él que no deja de trabajar. Tras el parto, viene otro ascenso, una gran oportunidad, en el extranjero. Y quizás, con la subida salarial de él, llega la ilusión del segundo hijo y de la familia feliz. Pero irse con dos bebés fuera de España no es tan fácil, primero vete tú, ubícate y vete preparando todo para nuestra llegada (y se ubicó tan bien que no dejó espacio para ella en la casa de destino, sino para otra). Finalmente a esta mujer le pasó lo que a muchas: tras dos embarazos trabajando, dos postpartos agotadores y un marido ausente, la perspectiva de explotarse a sí misma 24 horas al día, 7 días a la semana, y abandonar a sus hijos durante 8 horas en guarderías y jardines de infancia, no le resultó para nada atractiva y tomó la decisión que toman tantas, dejar de trabajar fuera para, al menos, ser explotadas solo dentro de casa. Pero, cuidado, con más flexibilidad, más recompensa emocional y, sobre todo, vinculándose plenamente con sus hijos. Yo también elegiría eso.
Se ven abocadas a la total dependencia económica de sus parejas, tras fundirse sus propios ahorros (algo que he visto escandalosamente muchas veces pues, entiendo, se resisten a depender del todo hasta que no queda otra) y a la frustración de su carrera laboral, la cual, implacable, no les permitirá nunca más reincorporarse donde lo dejaron
Una vez tomada esta decisión, voluntaria pero no libre (pues verse entre la espada y la pared no es libertad de ninguna clase), se ven abocadas a la total dependencia económica de sus parejas, tras fundirse sus propios ahorros (algo que he visto escandalosamente muchas veces pues, entiendo, se resisten a depender del todo hasta que no queda otra) y a la frustración de su carrera laboral, la cual, implacable, no les permitirá nunca más reincorporarse donde lo dejaron. Y esto si todo va bien, porque si el hombre que tienen al lado se dedica a menospreciar su capacidad de trabajo, sus competencias, a desalentarlas cada vez que intenten volver (“pero cómo vas a trabajar ahí de 9 a 5, si sale más caro contratar a alguien que cuide de los niños que lo que vas a ganar”) o a, directamente, impedirles el acceso mediante manipulaciones (hablando de directivos de éxito, ha contado ya a varios que afirman querer que sus parejas no trabajen para poder disfrutar con ellas de sus viajes…pero ¿acaso no es eso amor?, ¿querer estar junto a ella?). Aquí encontramos el sabotaje laboral en toda su esencia.
Por último, la explotación económica aparece en multitud de heterogéneas conductas, algunas menos sutiles que otras. El impago de pensiones, por cierto, es una de ellas, pero este está afortunadamente castigado por ley, pues es un delito (artículo 227 del Código Penal). Otras son el retraso sistemático en el pago de las obligaciones (sí, otra cosa que hacía el de Miami: ingresar la pensión justo a los pocos días de que en la cuenta de ella se cobrase el banco la hipoteca y el colegio las cuotas, dejándola en descubierto un número determinado de días, no los suficientes como para animarse a pagar la minuta de un abogado e ir al juzgado pero sí los necesarios para bloquear su libertad de acción durante ese tiempo); la negación constante e inexplicable a la realización de actividades extraescolares por parte de los hijos (que acaba abonando ella, para no dejarlos sin el baloncesto, las clases de danza o la actividad de teatro…); y, como otro ejemplo, por desgracia también habitual, la amenaza constante a dejar de pagar la hipoteca común, sobre todo si es ella la que vive en la casa. También he visto el pago de la misma quitando los decimales que corresponden, a fin de dejar la cuenta en descubierto y que el banco pase la comisión oportuna (que abonará ella, por supuesto). Como decía, múltiples y creativas formas de ejercer el poder, el dominio, de restituir la masculinidad dañada por este feminismo exacerbado que a todos les atenaza.
Para poner punto y final a estas reflexiones, me gustaría añadir que también he llegado a otra conclusión personal, y no es nada halagüeña, y es que es muy difícil encontrar a un hombre que no ejerza violencia económica, de algún tipo, con su pareja. Muy muy difícil. E, insisto, de “algún” tipo. Debería ser obligatorio mandar a las parejas a terapia y analizar, frente al profesional que corresponda, si en su relación hay algún tipo de abuso o de explotación, por sutil que sea. Apuesto a que más del 90% de las parejas darían positivo en este test. Y así seguirá siendo mientras los hombres no construyan su identidad desde otro sitio, desde otra perspectiva, más colaborativa, equitativa. Para mí, más humana.
Ana Barreiro es colaboradora en contenidos Posibilita y abogada derecho familia desde perspectivas de género en ANA BARREIRO ABOGADOS.