Cierro la maleta dejando caer el peso de mi cuerpo de mujer madre sobre ella. No sin esfuerzo he logrado correr la cremallera por el borde hasta su tope después de meter ropa para dos adultos y un niño. Respiro como si hubiera cruzado la meta de una maratón o como si me preparase a correrla. Cualquier viaje en familia me predispone a la taquicardia, y más cuando viajamos con los abuelos, pero las Navidades son una época para la reconciliación y la alegría, a pesar de los rencores y a pesar de las grietas. Nos vendrá bien “salir un poco de casa” para volver con energías renovadas de cara al nuevo año. Arrastro la maleta por el pasillo y la uno a otra maleta menor, dos mochilas, tres bolsas y varias tote bag a reventar de comida, cuentos y juguetes que se acumulan como una muralla medieval en la entrada. Nos vamos cuatro días de viaje pero pareciera que es por toda una vida.
Hubo un tiempo en que pude elegir en dónde poner el huevo. Nada de eso forma parte de mi vida ahora, porque tengo un hijo y un hogar, un hogar con suelo radiante y ascensor, con piscina comunitaria y vecinos con coches eléctricos cargando en el garaje. Una fantasía burguesa que una mujer de clase obrera, como yo, no podría costear ni en sus ensoñaciones infantiles
Me resulta imposible no rememorar las veces que me he mudado de ciudad en ciudad, solo que ahora no podría siquiera planteármelo. Se me cruza, por un instante, la imagen de cajas precintadas, de zapatos desparejados y el salero de cerámica partido en dos. Hubo un tiempo en que pude elegir en dónde poner el huevo. Nada de eso forma parte de mi vida ahora, porque tengo un hijo y un hogar, un hogar con suelo radiante y ascensor, con piscina comunitaria y vecinos con coches eléctricos cargando en el garaje. Una fantasía burguesa que una mujer de clase obrera, como yo, no podría costear ni en sus ensoñaciones infantiles. De niña soñaba con vivir en un castillo, no en un apartamento con tres habitaciones en un barrio gentrificado de la capital.
Nadie me advirtió de que hasta en los sueños hay que tener un plan económico definido y como niña, socializada mujer normativa, esperé la protección del príncipe azul que portaría en su cinto las llaves del castillo. Mientras mi futuro proveedor se decidía a llegar me dediqué a estudiar para comprobar en mis carnes, por entonces solo de mujer, que lo del ascensor social era un mito y a currar, sobre todo a currar, en empleos eventuales que me dejaron sin ánimo ni energía para adquirir una morada digna. En cambio, mi marido, que también fue niño y también soñó con motocicletas y cajas nuevas de lápices Alpino, ya había solicitado una hipoteca, avalada por sus padres, antes de que yo me subiese a mis primeros tacones de cristal.
Provengo de una larga estirpe de mujeres sin casa propia, mujeres fuertes ante las adversidades, capaces de sacar adelante a la familia en tiempos de guerra y de pagar el IBI fregando escaleras, pero que jamás pronunciaron la expresión “mi casa”con orgullo, sino “la casa de mis padres”, “la casa familiar” o “la casa del cabronazo ese”. Mujeres obligadas a agradecerle al patriarcado un lugar en el que caerse muertas después de limpiarlo a fondo.
Cada vez que digo “mi casa” estoy evocando la casa de mi madre, pendiente aún de liquidar con su exmarido, un maltratador cuya estrategia principal contra ella, años después del divorcio, es la amenaza continua con desahuciarla. Su casa y su caso se integra e en alto porcentaje de mujeres victimizadas por la violencia machista con hijes a cargo que deben desarraigarse para huir de su maltratador y/o sacrificar su existencia en trabajo precarios y violencias cotidianas hasta que “la situación mejore”. La violencia de género es un problema de vivienda. No hay que olvidar que la primera ley que otorgó a las mujeres en España derechos de propiedad y capacidad jurídica plena para actuar sin el permiso de un hombre (la licencia marital) fue la Ley 14/1975, aprobada durante el franquismo, aunque fue un proceso que eliminó restricciones anteriores, principalmente del Código Civil de 1889, que las equiparaba a menores de edad o incapacitadas para firmar contratos, abrir cuentas bancarias, trabajar o administrar sus bienes. Así que, ese señor se cree que la casa es suya porque durante siglos así lo fue. Entre el posesivo mi y en el sustantivo casa se encierra el desvalimiento histórico de las mujeres sin propiedades a su nombre, salvo por herencia, aunque pocas veces las hayan administrado por sí mismas.
Pienso en Leonor Fernández de Córdoba, dama de alta alcurnia del S.XV, cuyas Memorias no solo constituyen el primer ejemplo de escritura autobiográfica en castellano sino que contienen una relación pormenorizada de propiedades y unas instrucciones claras de cómo administrarlas y repartirlas entre sus herederos tras su fallecimiento. Leonor era culta, rica y viuda y quiso decidir. En el siglo XXI, a no ser que seas dentista, farmacéutica o heredera, la discriminación estructural, la brecha salarial y la peor situación socioeconómica de las mujeres condiciona el acceso a todos los derechos. También el derecho a la tenencia. Mi marido se molesta si cuando hago mención a “mi casa” me refiero a la de mi madre. -Esta es tu casa- me insiste. Y yo corrijo el habla y pronuncio “nuestra casa”. Sin embargo, en el fondo sé que es su casa, lo pone en los papeles, pero la comparte de mil amores conmigo. Mientras haya amor habrá casa. Y esto es algo que me quita el sueño: ¿A dónde voy yo si…?.
En el Estado español más del 80% de las familias monoparentales con hijes están encabezadas por mujeres, es decir son monomarentales, y presentan serias dificultades a la hora de acceder a una vivienda digna.
Hago cuentas: lo que gano en contratos eventuales como docente y artista + lo poco que tengo ahorrado – los gastos cotidianos – lo que come mi hijo, que es mucho- las extraescolares – el comedor del colegio – los cuadernillos EDEBÉ carísimos y de poco valor pedagógico- la letra de la hipoteca a cincuenta años – el aval del que no dispongo – mi vocación artística – la terapia. Claramente, la caja no cuadra. Con esos números podría irme a vivir a una aldea en la serranía de Huelva para empezar de cero. O volver a mi casa casa de mi madre para ahorrarme el alquiler. ¿Voy a tener que amar a esta persona toda la vida para no quedarme en la calle? No sería la primera vez en separarme, sí la primera con un hijo a cargo. Y eso lo cambia todo. En el Estado español más del 80% de las familias monoparentales con hijes están encabezadas por mujeres, es decir son monomarentales, y presentan serias dificultades a la hora de acceder a una vivienda digna.
Me tomo doble ración de melatonina y le rezo a la Virgen de los desamparados que debe de tener una lista de espera infinita. ¿Qué le puedo pedir a la divinidad salvo que me toque la lotería? Mi madre soluciona todos sus problemas reales con la fantasía de que un día le tocará un buen pellizco y podrá comprarle su mitad de la casa al ex y de paso, cambiar las ventanas de aluminio viejas por unas de climalit. No sueña con irse a las Bahamas ni con comprarse un cochazo, sino con reducir el nombre de las Escrituras del piso a uno solo, el suyo. Y es que esas Escrituras sí que son sagradas. Son las que te permiten obrar el milagro de la tranquilidad y caerte muerta de verdad en tu cama, sin que te saquen por los pelos los de desokupa. No hace mucho leí en un artículo de la Cooperativa CAES que el único delito del Código Penal que registra mayores condenas en mujeres que en hombres es la usurpación de viviendas vacías. De todos los delitos es el que más cometen las mujeres y está relacionado directamente con mujeres con familia a cargo que no tienen a dónde ir. Mujeres que preferirían pagar un alquiler o una letra, y cerrar la puerta a las otras violencias.
Si logro dormirme después de hacer cuentas, sueño con un hogar en donde ser una mala esposa y una mala madre sin culpabilidad y sin penalizaciones. ¿Se puede echar de menos un hogar que no existe? El concepto “hogar” nace del fuego en torno al que se reunían los miembros de una comunidad, aun antes de la invención de la “familia nuclear” durante la Revolución industrial y de la noción decimonónica de intimidad. El hogar era el centro neurálgico de la nutrición, de la fabulación y de los cuidados. En el fuego del hogar se cocía el mundo, lejos del ruido externo. Y se soñaba, al calor de la lumbre con un mundo mejor. Todas las mujeres merecemos encender el fuego de nuestro hogar cuando llegamos y merecemos apagarlo si fundamos otro, no porque nos echen, nos desposean o no podamos hacernos cargo de los gastos en solitario. Si no podemos poseer las llaves de nuestro propio castillo, estamos condenadas a vagar por los corredores como las esposas de Barba Azul.
La falta de acciones gubernamentales, estatales o municipales, para eliminar o reducir las desigualdades de género en materia de vivienda vulnera el principio de igualdad recogido en la Ley orgánica 3/2007 para la igualdad efectiva de mujeres y hombres y por supuesto, el derecho fundamental a una vivienda digna amparado por la Constitución. Y es que el riesgo de pobreza en 2024 superaba el 25,8% de la población general con mayor incidencia en hogares monomarentales con hijos. Pese a que apenas se elaboran análisis sociológicos “oficiales” con sesgo de género en materia de vivienda ¿por qué será? es evidente que la precariedad tiene rostro de mujer. Me recorre un escalofrío por mi cuerpo cansado de mujer-madre-artista mientras monto el tetris en el maletero. Eso no me va a pasar a mí, ni a mi hijo. ¿Verdad? Necesito tomar distancia de los rigores de la rutina hogareña. Distancia del fuego de nuestro hogar. Menos mal que proyectos tan importantes como los de Posibilita insuflan esperanza a las mujeres que no solo sueñan con castillos sino que necesitan de inmediato una opción habitacional. Posibilita es oxígeno y si un día el fuego de nuestro hogar se debilitara, confío en que me ayudaría a avivarlo de nuevo en otro hogar llamado mi casa.
Laura Rubio Galletero es colaboradora de contenidos en Posibilita, dramaturga, docente en Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid RESAD, investigadora en estudios culturales y de género y fundadora de Espacio Criadoras.