Hace pocos días, me comentaban que sólo un 34% de los hogares son familias heterobiparentales, esto abría una pregunta interesante: según estadísticas recientes, la familia biparental heterosexual con hijos —esa que durante décadas se ha presentado como la forma “normal” de organizar la vida— ya no representa la mayoría de los hogares en España. Más que detenerse en un porcentaje concreto —que puede variar según cómo se definan las categorías y las fuentes—, lo relevante es el cambio de paisaje. Si atendemos a la Encuesta Continua de Hogares del Instituto Nacional de Estadística (INE), los hogares formados por parejas (con o sin hijos) suponen en torno al 54 % del total. Esto implica que casi la mitad de los hogares quedan fuera de ese modelo. Y si afinamos más, comprobamos que dentro de ese porcentaje se incluyen también parejas sin descendencia, lo que reduce aún más el peso de la familia nuclear clásica con hijos como forma dominante.
Pero hay algo aún más importante: incluso dentro de ese grupo de “parejas con hijos”, la idea de familia biparental heterosexual ya no puede sostenerse como equivalente de realidad. No todas esas parejas son heterosexuales; existen hogares con dos madres, con dos padres, con progenitores trans. Y, más allá de la pareja, proliferan formas de convivencia que desbordan directamente el esquema nuclear: hogares donde conviven madre e hija con la abuela, redes de crianza entre amigas, familias reconstituidas tras separaciones, hogares donde la figura paterna está ausente o es periférica.
El mapa actual de los hogares es, por tanto, mucho más diverso de lo que sugiere la ficción hegemónica. Crecen los hogares unipersonales, aumentan las familias monoparentales, se consolidan las familias reconfiguradas y se multiplican las redes de cuidados que no responden al parentesco tradicional. En España, las familias monoparentales superan el 10 % del total, y en más del 80 % de los casos están encabezadas por mujeres, por lo tanto hablamos de familias monomarentales, según datos del propio INE. Este último dato no es nuevo, aunque sí cada vez más visible. Porque si algo permite esta transformación estadística es cuestionar la idea de excepcionalidad. Las madres criando solas no son una anomalía reciente, sino una constante histórica que ha permanecido en gran medida invisibilizada: viudas, separadas, migrantes, mujeres que sostienen la vida cotidiana sin corresponsabilidad efectiva y casi de ningún tipo, no nos vamos a engañar. La diferencia es que hoy esta realidad empieza a ser nombrada, medida y, en cierta medida, politizada.
Desde el pensamiento feminista, este fenómeno ha sido ampliamente analizado. Silvia Federici, por ejemplo, ha mostrado cómo el trabajo de reproducción social —los cuidados, la crianza, el sostenimiento de la vida— ha sido sistemáticamente invisibilizado y asignado a las mujeres. La familia nuclear heterosexual no solo ha operado como modelo cultural, sino también como estructura económica que organiza quién cuida, en qué condiciones y con qué reconocimiento. Cuando ese modelo deja de ser mayoritario en términos estadísticos, no desaparecen sus lógicas, pero sí se hacen más evidentes sus límites. Por su parte, Judith Butler ha cuestionado la idea de que el parentesco sea una realidad natural o fija. Desde su perspectiva, las formas familiares son configuraciones históricas, atravesadas por normas sociales que determinan qué vínculos son reconocidos y cuáles quedan al margen. En este sentido, el problema no es tanto la diversidad familiar —que siempre ha existido— como el marco normativo que legitima unas formas de vida y deslegitima otras.
En el contexto español, esta tensión se vuelve especialmente visible si observamos el conjunto de hogares que se alejan del modelo tradicional. A las familias monoparentales se suman los hogares unipersonales —más de cinco millones— y las parejas sin hijos, que han experimentado un crecimiento sostenido en las últimas décadas. Esto no solo redefine qué entendemos por familia, sino también cómo se distribuyen los cuidados, los recursos y las responsabilidades. Sin embargo, esta pluralidad no se traduce automáticamente en igualdad. Las estadísticas muestran que las familias monoparentales, especialmente las encabezadas por mujeres, presentan mayores tasas de riesgo de pobreza y exclusión social. Es decir, no todas las formas familiares cuentan con el mismo respaldo material ni simbólico. La norma puede haberse desplazado, pero las jerarquías persisten.
Aquí resulta especialmente útil la aportación de Nancy Fraser, quien ha descrito la actual crisis de los cuidados como una tensión estructural del capitalismo contemporáneo: un sistema que necesita del trabajo reproductivo pero no lo garantiza ni lo valora. En este marco, las transformaciones familiares no son solo una cuestión de diversidad, sino también de precarización y de reorganización de la vida en condiciones de desigualdad. A todo esto se suma una cuestión clave: la supuesta “tradición” de la familia heteronuclear. Lejos de ser una forma ancestral, este modelo es históricamente reciente. Como han señalado historiadores como Philippe Ariès o sociólogas como Stephanie Coontz, la familia nuclear basada en un hogar independiente, con división sexual del trabajo y centrada en la pareja con hijos, se consolida sobre todo a partir del siglo XIX y, especialmente, en el siglo XX, vinculada al desarrollo del capitalismo industrial. Antes de eso, las formas de convivencia eran mucho más amplias, interdependientes y comunitarias. Es decir, lo que hoy se presenta como tradición es, en realidad, una construcción histórica relativamente reciente que ha logrado imponerse como norma. Reconocer esto no implica negar su existencia o su importancia, sino cuestionar su pretensión de universalidad.
Volviendo al punto de partida, lo interesante no es tanto verificar si ese dato concreto —ese 34 % que me comentaron, o cualquier otra cifra— es exacto, sino comprender qué señala. Y lo que señala es claro: la familia heteronuclear ya no puede pensarse como el modelo central desde el que interpretar la realidad social. Es, en todo caso, una forma más entre muchas, sostenida tanto por inercias culturales como por estructuras económicas y políticas. La pregunta, entonces, no es si este modelo ha desaparecido, sino qué lugar ocupa hoy y qué efectos tiene seguir tratándolo como norma. ¿Qué vidas quedan fuera cuando pensamos la crianza desde la ficción de la corresponsabilidad biparental? ¿Qué políticas se diseñan cuando se asume esa estructura como universal? ¿Qué experiencias siguen sin ser reconocidas?
Nombrar la distancia entre la norma imaginada y la vida vivida no es un ejercicio meramente descriptivo. Es una forma de intervención política. Porque solo al reconocer la pluralidad real de las formas de convivencia y cuidado es posible empezar a construir marcos que no excluyan, no precaricen y no invisibilicen.
Bea Merchán es colaboradora contenidos Posibilita, socióloga e investigadora feminista, activista y divulgadora sobre maternidades monomarentales, disidentes y precarizadas. Escribe en El Salto Diario y plataformas online.