Ilustración de Alba Blázquez Mbila del área I+D Arquitectura Posibilita

La política de “andar por casa” o política doméstica

En el ambiente de polarización que hoy nos envuelve es interesante, y necesario, repensar la máxima de la segunda ola del feminismo “lo privado es político”, yendo también a la inversa “lo político es privado” como condición imprescindible para la reapropiación y transformación del malestar.

Pensar lo doméstico en clave política siempre ha sido problemático. Las corrientes reaccionarias lo reivindican para actualizar la máxima de “lo trapos sucios se lavan en casa”, y desde ahí seguir configurando el espacio vital privado como un lugar opaco que metaboliza sus propias violencias sin tener que contrastarlas con los (precarios) marcos legales que definen los derechos y libertades. En lo contrario tenemos el afán de las ideas “progresistas” de leerlo todo en clave estructural hasta el punto de negar la singularidad de lo que ahí acontece, sometiendo lo doméstico y lo privado constantemente al escudriño público –en clave social y muchas veces también en clave punitiva–. Convirtiéndolo en un lugar incómodo y poco habitable, menos habitable conforme hay menos dinero para comprar el privilegio de la intimidad con beneplácito social. Ambos extremos colaboran en consolidar la dimensión violenta de lo doméstico: uno por la impunidad y lo otro por la asfixia y desnutrición que erosionan las condiciones vivibles.

 

En el ambiente de polarización que hoy nos envuelve es interesante, y necesario, repensar la máxima de la segunda ola del feminismo lo privado es político y, en mi opinión, ampliar la reflexión yendo también a la inversa, a lo político es privado, en base a una propuesta integradora y aterrizada que nos posibilite tanto recuperar, y disfrutar, espacios para la autogestión de nuestras vidas como ganar potencia política en la transformación social y en las respuestas a la múltiples violencias que nos atraviesan.

 

En el contexto histórico de Carol Hanisch, cuando popularizó la célebre frase (1970), la realidad material y la existencia de espacio doméstico estaba asegurada. Los 5000 años de producción simbólica del patriarcado, junto con sus corolarios económicos, y la falta de espacios sociales para la externalización de los cuidados dotaban a lo doméstico de una entidad social fuera de toda duda. Un lugar social forjado con la opresión histórica de las mujeres y por la necesidad de que lo reproductivo aconteciera, y que se manifestaba como un espacio subsidiario y cautivo que había que liberar como condición imprescindible para que la igualdad de género tuviera posibilidad.

 


Lo doméstico aparece desdibujado, líquido, difuminado e invadido por lo social hasta lo más profundo. Las violencias nos atraviesan hasta impactar directamente en los cuerpos sin tener un espacio propio de negociación y resistencia desde el que afrontar y mitigar el daño


 

Han pasado más de 50 años y hoy por hoy, aún muy lejos de haber conquistado una justicia y equidad social, tampoco tenemos consolidado un lugar social de valor que proteja los procesos de la vida humana en sus dinámicas íntimas y relacionales. Lo doméstico aparece desdibujado, líquido, difuminado e invadido por lo social hasta lo más profundo. Las violencias nos atraviesan hasta impactar directamente en los cuerpos sin tener un espacio propio de negociación y resistencia desde el que afrontar y mitigar el daño –en la era de las pantallas e internet invasión llega a adquirir características distópicas, y el daño se presume intergeneracional y cuasi definitivo–.

 

El afán de “humanizar” el espacio público, socializando los cuidados y garantizando la participación de todas las personas como sujetos de derechos, se ha visto truncado por el fracaso del estado del bienestar como hipótesis plausible y por las dinámicas devastadoras del neoliberalismo. El individualismo exacerbado y un nivel máximo de fragmentación social son elementos consustanciales y definitorios del momento actual. Como consecuencia, lo doméstico ha pasado de ser un lugar que había que leer en clave política, para desde ahí transformarlo y democratizarlo, a ser un espacio que hay que recuperar, apropiárselo. Así poder entrenar prácticas y relaciones que resuenen con la vida y poder ocupar un sitio propio desde donde poder defender, con alguna garantía de éxito, las dinámicas de interdependencia y apoyo mutuo que garantizan la supervivencia, con el deseo de que se den las condiciones para poder extender a lo comunitario estas experiencias, en una suerte de ternura política que ayude a vertebrar lo social.

 

La huida hacia adelante que ha significado socializar lo reproductivo en un sistema capitalista y machista ha llevado a tener que dar una respuesta a las necesidades de supervivencia exclusivamente en clave de consumo y privilegio. La externalización de los cuidados, lejos de ser una forma de corresponsabilidad social, ha propiciado la traslación de procesos vitales fundamentales –la crianza, el cuidado de la salud, el acompañamiento a la muerte, etc– a espacios mercantilizados de lógicas productivas y economicistas, en una usurpación sin precedentes de lo que, hasta ahora, siempre había formado parte del haber común.

 


La sociedad pierde un espacio fundamental de acción y el capital maximiza su beneficio sólo con suministrar externamente lo imprescindible para que lo doméstico sea mínimamente viable. Se vive con respiración asistida, y gracias porque no hay otra alternativa al alcance de la mano (ni del bolsillo)


 

El patriarcapitalismo ha sabido extender sus lógicas extractivas, que tan buen resultado han dado en la expoliación del medio natural, al ecosistema de la reproducción humana, y para ello se ha servido de la problematización del espacio doméstico como un espacio que se pensaba sobrepasado en su mandato social. Frente a la realidad de desborde y saturación de lo doméstico, colectivamente. Con políticas públicas diseñadas específicamente para ello, se ha decidido empequeñecerlo, vaciarlo de contenido, en vez de nutrirlo y aportar los recursos necesarios para que aumentara sus competencias y posibilidades. La sociedad pierde un espacio fundamental de acción y el capital maximiza su beneficio sólo con suministrar externamente lo imprescindible para que lo doméstico sea mínimamente viable. Se vive con respiración asistida, y gracias porque no hay otra alternativa al alcance de la mano (ni del bolsillo).

 

La pérdida de lo doméstico como lugar social reconocible y habitable tiene la consecuencia directa de la desertificación del ecosistema de cuidados, la degradación y abandono del territorio propio de lo reproductivo, y la inviabilidad de los procesos, y de las personas, que precisan de este hábitat para existir: todas, aunque unas más que otras, en función del grado de dependencia (al respecto, es significativo el deterioro del espacio vital de infancias, de las personas enfermas, de las vejeces, etc.). Se ha pasado, por tanto, de pensar lo privado como un lugar de sombra y malestar, que precisaba ser oxigenado con elementos de justicia social, a ser un “no-lugar” (Marc Augé, 1992) que sólo representa un imaginario de anhelo de “vida buena”, una quimera que buscamos regalando la vida mientras compramos lo que necesitamos para vivir.

 

En clave política, el movimiento migratorio de exilio de lo doméstico hacia un espacio público que no nos pertenece nos pone más difícil la tarea de enfrentar el daño y transformar el malestar. Hemos sobradamente experimentado que la capacidad de intervenir directamente en lo estructural es limitada. Las alianzas emancipadoras de género y de clase son cada vez más difusas y confusas, y las herramientas colectivas de participación y contestación social están cada día más desactivadas y vencidas. Cuesta mucho hacerse sentir en medio del totalitarismo hegemónico y poder protagonizar con éxito procesos de transformación social en contextos mutilados, infértiles y plenos de soledad.

 

Se hace pues imprescindible una política de “andar por casa”. Una política doméstica para re–politizar lo privado en clave de reapropiación y protagonismo, para poder jugarnos la vida con creatividad y con posibilidades reales de bienestar y salud. Esta política creativa y reproductiva va a precisar de espacios materiales y simbólicos donde acontecer, lugares para habitar donde poner el cuerpo -y la vida- sin miedo a ser violentadas, para desde ahí, con el sosiego y la calma que da la ternura, poder entrenar relaciones de amor y corresponsabilidad que nos permitan experimentar aquí y ahora la alternativa.

 

Cuerpos encarnados y reapropiados; habitaciones propias ocupadas y reapropiadas; casas compartidas y reapropiadas; paritorios liberados y reapropiados; escuelas vivas y reapropiadas; barrios y fábricas recuperadas y reapropiadas pulsando para que “lo propio” no esté hipotecado bajo la lógica de la propiedad. Por lo contrario, que se pueda poner al servicio de la autonomía, para ser trinchera desde la que defenderse de la usurpación, y del poder/anti-poder (John Holloway, 2002). Recuperar lo productivo y lo reproductivo para el bienestar común.

 


La única forma de adquirir, individual y colectivamente, la empatía necesaria para que la convivencia sea posible y disfrutable es haber podido habitar los procesos reproductivos con cuerpo, tiempo y lugar


 

No hay otra manera de nutrir el cuerpo social. La única forma de adquirir, individual y colectivamente, la empatía necesaria para que la convivencia sea posible y disfrutable es haber podido habitar los procesos reproductivos con cuerpo, tiempo y lugar. Haber podido experimentar la sociabilidad básica, las dinámicas de apoyo mutuo en la satisfacción de necesidades, los cuidados como lugar de encuentro y las vivencias de fragilidad como la disposición al vínculo y a la relación. De lo contrario, salimos al afuera desamparadas, vacías y desoladas, con una falta básica (Balint, 1993) que, de forma ansiosa, nos lleva a querer colmar con elementos externos la desposesión, convirtiéndonos en clientes ideales de consumo compulsivo, sin más defensas que la corazas que hayamos podido edificar para preservar lo que queda de nuestra intimidad maltrecha.

 

Solos y solas, disociadas, nos convertimos en sujetos sin capacidad de enfrentar la violencia que nos atenaza por ser fieles representaciones de la misma, productos directos de la usurpación. De esta manera, aterrizar los marcos emancipatorios en iniciativas reales y concretas empieza a ser una cuestión de supervivencia. Necesitamos propuestas y proyectos que hagan de lo ideológico algo tangible, que su existencia nos permita encarnar ideas y proclamas y, a la vez, atender las necesidades del aquí y ahora de las personas más desposeídas. No podemos alimentarnos exclusivamente de utopías, necesitamos apropiarnos de la base material de nuestras luchas para concretar la alternativa.

 

La política doméstica es la que nos crea como seres sociales y es, a la vez, la que posibilita la creatividad imprescindible para producir respuestas efectivas a las violencias que nos afectan. Lo uno y lo otro son la misma cosa, ya que no hay camino para la emancipación que no pase por el bienestar, y no hay libertad si no tenemos espacios para construir la vida como nos dé la gana. Con la política de “andar por casa” el, hasta ahora, “no lugar” reproductivo se aterriza en espacios e iniciativas que se convierten en co-laboratorios, en viveros de tierra fértil en los que poder probar, errar, ensayar prácticas de encuentro que nutren la vida y minimizan el riesgo de desprotección. Espacios liberados en los que co-laborar para hacer crecer las posibilidades, acumulando la potencia social y afectiva que nos da la posibilidad de entrenar estrategias para una organización y corresponsabilidad eficiente.

 

Poder permanecer en esos sí-lugares, y poder participarlos, frena la huida sistemática por mandato y nos regala el sosiego necesario para que nuestros cuerpos se empapen de alternativa, nutriendo la vida para que luego pueda ser expandida en la interacción social, recreando entre todas un mundo más habitable que previamente ya ha sido ensayado y vivenciado, haciendo así “lo político privado” y ampliando -y dando la vuelta- a la proclama setentera para no perder agencia y poder enraizar los procesos de transformación social en nuestros propios procesos de vinculación y crecimiento.

 


La “política de andar por casa” no es más que apropiarnos del hacer social y defender también el proceso político de construcción del bienestar social lejos de la enajenación y de la usurpación. Dejar de esperar que sea el afuera lo que organice nuestra existencia


 

Hacer lo político privado es entender que la organización social no difiere de la organización doméstica, que el proceso natural de ampliar y complejizar el universo de las relaciones no implica necesariamente tener que asimilar la lógica externa ni tener que esconder nuestra vulnerabilidad y las comunes necesidades de cuidado. La política, en la medida que somos seres sociales, es también un proceso humano que hemos de habitar y encarnar. Hacer lo político privado con la “política de andar por casa” no es más que apropiarnos del hacer social y defender también el proceso político de construcción del bienestar social lejos de la enajenación y de la usurpación. Dejar de esperar que sea el afuera lo que organice nuestra existencia. Es la única manera posible de “poner los cuidados en el centro” sin que suene a falacia.

 

Igual que se sufre la violencia en el cuerpo, también necesitamos poder encarnar los derechos sociales en forma de bienestar compartido, rompiendo con la dicotomía de justicia vs cuidados. Dotar de existencia material a la igualdad pasa por poder vivenciar y recrear los postulados éticos de los marcos legales de las democracias formales. Poder conectarlos con nuestras experiencias “privadas” en la sociabilidad básica. Si esa sociabilidad básica está previamente vacía de contenido, por los diferentes procesos de usurpación sufridos. Sólo podremos conectar con el drama y quedamos a expensas del sistema y de sus dictados, aniquilando la posibilidad de la justicia social de raíz, por la falta de cuidados.

 

Evidentemente no se garantiza que lo privado y lo doméstico sea de por sí un espacio de bienestar libre de violencia, pero sí que sea un espacio de conflicto y de negociación a escala humana, y por tanto, un contexto que se puede modificar directamente por la acción, ganando posibilidades de bienestar si se dan las condiciones adecuadas. Erradicar las violencias en la distancia corta es una responsabilidad social, y es la acción política más relevante y urgente que tenemos. Por todo ello la política doméstica es resistencia, corresponsabilidad y revolución. Ampliemos los espacios en que ésta sea posible y pueda acontecer.

 

Pako Herrero Azorín es colaborador contenidos Posibilita, educador social, padre de tres hijos, cofundador La Dinamo Acció Social, docente en el Instituto Europeo de Salud Perinatal y autor del blog Paco Herrero Azorín.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.