Encerrada. Con dibujos empezados sobre la mesa, libros abiertos, apuntes en hojas sueltas y ruidos de lavadoras. Un estudio para la artista que ya no tenía tiempo de detenerse, pero que acumulaba confusión y proyectos fallidos. Mi primer hijo nació en febrero de 2020. Abandonó mi útero, su primer hogar, y se precipitó al mundo arrasando con mi manera de habitarlo hasta entonces. Algunas semanas después un confinamiento nos obligó a imaginar nuevos límites entre interior y exterior, entre casas y cuerpos. A cerrar puertas y olvidar la posibilidad de escapar o de encontrarnos.
La mañana del parto yo había estado pintando. Llegué al hospital con las manos aún teñidas de naranja y azul. La imagen mostraba dos animales ficticios conectados por las patas. Flotaban en equilibrio. De sus caparazones emergían ramas y hojas con forma almendrada. Respiré mis primeras contracciones indoloras y esbocé formas híbridas, insectos-jardín. Utilicé acuarelas y tintas líquidas, y a medida que se secaban definí los contornos con precisión. Rotuladores y pinceles finos para detalles minuciosos. Trabajé con calma, escuchando el silencio y manteniendo el fondo impoluto. Mi último dibujo “terminado”. Terminar. Salir o entrar. Cuidar, pensar y crear. Antes de convertirme en madre sabía dónde ubicar cada una de estas acciones.
Mi casa se dividía en momentos, y sus estancias compartimentaban el día a día. Había una terraza para las plantas, una cocina donde preparar tazas de café, un rincón para saborear lecturas nocturnas, y una mesa blanca para el estudio de dibujo: ¡la habitación propia! Siempre había querido un taller dentro del hogar. Esa vivienda de artista edificada en mi mente. El sueño de colocar mis libros en baldas, mantener los materiales organizados, contar con almacenaje suficiente para todas esas obras que iba a culminar concentrada y con luz natural. Un lugar para el orden. Este espacio fue lo primero que había querido asegurar cuando por fin tuve mi casa. Y sin embargo, de repente me encontré sumergida en mañanas, tardes y noches de lactancia, buceando entre llantos, fiebres y baños a 37 grados. Intentaba nadar en un torrente de objetos y tareas que me alejaban del estudio. No solo de la estancia física, sino de un estado que me permitiera crear.
Probé a desprenderme de mi piel de madre para habitar lo que entendía como mi mente de artista (esa perversa mentira de los opuestos de la que tanto me cuesta librarme)
Tuve que habituarme por la fuerza a horarios que se me hacían extravagantes. Aprendí como pude a guardar esponjas y pañales junto a cuadernos y rotuladores. Los cuidados colonizaron el taller. Mi atención quedó secuestrada y los nuevos ritmos se impusieron sin preguntar. Me pareció que la casa se estaba borrando. E incluso yo me diluía con ella. Porque qué importantes resultan paredes y techos para desplegar la vida propia. Añoraba el estudio, que se había convertido en vestidor infantil, pasillo, sala de juegos. Lo era todo al mismo tiempo, excepto mi sitio. Ese lugar tan mío pasó a ser un espejo compartido, y lo que reflejaba era un caos envolvente. Sin éxito traté de deslizarme hacia la mesa de dibujo. Probé a desprenderme de mi piel de madre para habitar lo que entendía como mi mente de artista (esa perversa mentira de los opuestos de la que tanto me cuesta librarme). Quise robar algunos minutos a las siestas del bebé. También a mi propio sueño nocturno y escaso. Ya no me importaba la ausencia de luz natural, pero sí perseguía la posibilidad de trabajar descansada y sin interrupciones.
Después de cuatro años de intentos frustrados y de disgustos por no finalizar un proyecto sólido, llegó mi segundo hijo. Durante este tiempo repleto de interferencias de bebés y juguetes, he necesitado dibujar, retratar y anotar el espacio doméstico, precisamente para no difuminarme. He pintado hogares-jaula y los he perdido entre cajones. He sacado fotos a las construcciones que mi hijo completaba con sus animales de goma y mis lápices de colores. He abrazado sus garabatos sobre un dibujo que me había llevado horas y que dejé a su alcance por prisa o descuido. He compuesto paisajes con sus muñecos, mis obras inacabadas y su escultura de plastilina. He abierto mis carpetas sobre el cambiador y las he guardado detrás de la cuna. He escondido citas en la cocina y en la puerta interior del armario.
No sabía qué hacer con esta colección de confusiones, pero continuaba conservándolas, incapaz de articular ningún plan. Era una caja imaginaria de posibilidades eternas pero inconexas. Y se quedaban siempre esperando. Todo se acumulaba sin estructura ni desarrollo. Hasta que me atreví a abrir los cajones rebosantes de papeles y a dejar que se desbordaran. Siguiendo ese impulso monté una instalación integral, mirando mi hogar como si fuera una sala de exposiciones. Permití que mis obras y mis días confluyeran en las corrientes de la casa. Pegué dibujos por las paredes del dormitorio y sobre la alfombra puzzle de los niños, sin apartar camiones o sonajeros. Compuse bodegones con ideas impresas junto a dos tomates y un juego de cuchillos. Mientras tanto fotografiaba sin trípode todos aquellos experimentos. Y las imágenes me confirmaron que trabajo y pensamiento nunca se habían pausado, sino que podía encontrarlos trenzados con mi cotidianeidad.
El desorden creativo que inicialmente me atormentaba se ha convertido en ejercicio de resistencia, en fuente de aprendizaje y en piscina para el placer. El secreto es permitir que el movimiento de la casa mezcle su acontecer.
La casa: escenario imperfecto, pero también laboratorio fértil. Un proceso orgánico y fragmentado en permanente construcción. Bajo el título “Cascada de lapsos múltiples” transformé mis obstáculos diarios en materia de exploración artística. Estaba descubriendo un método personal para no evaporarme. Y me quedé. El desorden creativo que inicialmente me atormentaba se ha convertido en ejercicio de resistencia, en fuente de aprendizaje y en piscina para el placer. El secreto es permitir que el movimiento de la casa mezcle su acontecer. Dejar que los tabiques del estudio se vuelvan porosos. Agitar. Mantener mi presencia sin presión para producir. Abrir puertas y ventanas. Construir vasos comunicantes entre habitaciones. Negarme a separar lo que tiende a filtrarse. Acercarme al espíritu infantil de juego infinito: Pocas experiencias me presentaron la esencia humana con tanta transparencia como contemplar a mis dos criaturas inventar el mundo durante horas. En el espacio-hogar todo sucede simultáneamente. Los ritmos son cambiantes. Los sucesos y sentires, impredecibles. La creación, inevitable.
Todavía no he recuperado mi estudio como estancia propia con una mesa despejada. Quizás ese lugar silencioso donde trabajar en grandes formatos y sin molestias nunca regrese. Quizás no tenga por qué volver. Quizás el aislamiento y la pulcritud no fueran tan interesantes. En cualquier caso he decidido no esperar ni conformarme, sino navegar la casa completa. La vida completa. Sé que mi taller se modifica a diario, y a la vez también el hogar. Cuidados, dibujos, colores e ideas vagan por las habitaciones en un fluir natural. Crecen y ocupan espacio. Se pelean. Hay caricias. A menudo la convivencia entre arte y afectos resulta incómoda, pero también se revela como latido y llave. Ni dibujos ni casas pueden terminarse. Dibujos y casas se habitan. Se encarnan. Se expanden con cada una de nosotras y con la respiración de quienes nos acompañan.
Elvira Palazuelos Blanco es colaboradora contenidos Posibilita, artista y docente. Ampliar información aquí.