Durante mucho tiempo la arquitectura se presentó como una disciplina centrada en grandes edificios, de genios solitarios, de obras espectaculares dejando en un segundo plano las necesidades de la vida cotidiana. La historia oficial de la arquitectura se escribió a partir de nombres propios, de autores, de firmas, casi siempre masculinas, casi siempre alejadas de la vida cotidiana. Pero muchas arquitectas hoy estamos mirando hacia otro lado: hacia lo que pasa todos los días, hacia los cuerpos, hacia los tiempos, hacia el cuidado. Y desde ahí nace lo que llamamos arquitectura de género o arquitectura de cuidados. Hoy, en muchas universidades, la mayoría de las estudiantes de arquitectura son mujeres. Esta realidad se repite en distintos países y contextos. Sin embargo, esa presencia no se refleja de manera equivalente en el ejercicio profesional y mucho menos en los espacios donde se toman las decisiones que transforman el entorno construido. Las arquitectas están, participan y producen, pero no son mayoría entre las voces que definen cómo se diseñan las ciudades, los edificios y los espacios públicos.
No todas las mujeres habitan la ciudad de la misma manera ni enfrentan las mismas barreras, pero muchas comparten condiciones de exclusión que rara vez son consideradas en la planificación urbana
Esta falta de correspondencia no es casual. Tiene que ver con cómo se organiza socialmente el cuidado y con quiénes tienen acceso a los espacios de toma de decisiones. Las personas que cuidan —en su mayoría mujeres— enfrentan trayectorias laborales más fragmentadas y mayores obstáculos para sostener carreras continuas y llegar a puestos de toma de decisiones. El cuidado sigue siendo entendido como una responsabilidad individual y privada, y no como una tarea colectiva que debería estar socialmente sostenida. Al mismo tiempo, en lo particular, se han identificado múltiples problemas que afectan de manera específica a las mujeres en el acceso equitativo al hábitat y a la vivienda. Estas desigualdades no se explican sólo por el género, sino que se profundizan cuando se cruzan con otros factores como la pobreza, la edad, la clase social, la orientación sexual o el origen étnico. No todas las mujeres habitan la ciudad de la misma manera ni enfrentan las mismas barreras, pero muchas comparten condiciones de exclusión que rara vez son consideradas en la planificación urbana.
A pesar de esto, el protagonismo de las mujeres en la gestión del hábitat urbano ha sido históricamente omitido. Como señala la investigadora Paula Soto, las mujeres han estado presentes en la construcción cotidiana de la ciudad, pero su participación ha sido invisibilizada en los discursos oficiales y en los procesos formales de planeación. Se les reconoce como usuarias, pero no como actoras clave en la toma de decisiones sobre el territorio. Esta omisión resulta aún más evidente si observamos los movimientos urbano-populares. Tal como lo ha documentado Alejandra Massolo, son las mujeres quienes mayoritariamente se organizan en las luchas por el acceso a la vivienda, por los servicios básicos, la regularización del suelo y por mejores condiciones de vida en los barrios. Sin embargo, la planificación urbana sigue teniendo un carácter profundamente sexista: se diseña sin ellas, aunque ellas sostengan gran parte de la vida urbana.
Vivimos en espacios pensados desde una mirada parcial, una mirada que históricamente no ha cuidado, ni ha necesitado de cuidados. Una mirada que no incorpora las experiencias de quienes recorren la ciudad cuidando, acompañando, organizando y resistiendo
A la vez pensar el acceso al hábitat únicamente desde la vivienda resulta insuficiente. Como plantean Zaida Muxí y Alessandra Cireddu, la vivienda por sí sola no es suficiente para habitar. Sin el barrio, sin el entorno próximo y sin un tejido urbano mixto y complejo, no es posible desarrollar plenamente las vidas cotidianas. La casa necesita del barrio, de los servicios, del espacio público y de las redes sociales que sostienen el día a día; de lo contrario, el cuidado queda confinado al espacio doméstico y recae de manera desigual. El resultado es claro. Vivimos en espacios pensados desde una mirada parcial, una mirada que históricamente no ha cuidado, ni ha necesitado de cuidados. Una mirada que no incorpora las experiencias de quienes recorren la ciudad cuidando, acompañando, organizando y resistiendo. Ciudades pensadas para el desplazamiento rápido y productivo, y no para los tiempos de los cuidados. Espacios que dificultan la vida cotidiana en lugar de sostenerla.
La arquitectura de cuidados parte de reconocer que la experiencia de cuidar es información valiosa para el diseño del espacio. No como un asunto secundario, sino como un conocimiento situado que puede transformar la manera en que se proyectan casas, escuelas, hospitales, barrios y ciudades enteras. Diseñar desde los cuidados no es diseñar “para mujeres”, es diseñar desde una mirada más amplia y más justa, poniendo la vida al centro. En los últimos años, especialmente después de la pandemia, el tema de los cuidados ha cobrado mayor visibilidad. La crisis sanitaria evidenció que la vida cotidiana se sostiene gracias a trabajos históricamente invisibilizados y desigualmente distribuidos. La arquitectura y el urbanismo no pueden permanecer ajenos a esta discusión. Pensar una arquitectura de cuidados implica ir más allá del diseño de edificios. Implica hablar de seguridad social que sostenga, de espacios laborales incluyentes y flexibles, de derechos para las trabajadoras, para las madres solteras, de licencias de paternidad extendidas y efectivas. Implica imaginar espacios públicos que cuiden no sólo a las infancias, sino también a las personas adultas mayores, a quienes viven con enfermedades y a quienes tienen alguna discapacidad.
Citando a Hannah Arendt, es en la vida cotidiana donde se sostiene lo común. Pensar la arquitectura desde ahí es un acto profundamente político: es decidir qué vidas importan, qué cuerpos cuentan y qué experiencias merecen ser consideradas en la construcción de nuestras ciudades.
Una arquitectura de cuidados y con perspectiva de género es aquella donde las personas sensibles a las necesidades de cuidados, las personas que cuidan, quienes han cuidado o quienes han necesitado cuidados a lo largo de su vida pueden incidir en el diseño. Su perspectiva se refleja en el espacio que habitamos. Citando a Hannah Arendt, es en la vida cotidiana donde se sostiene lo común. Pensar la arquitectura desde ahí es un acto profundamente político: es decidir qué vidas importan, qué cuerpos cuentan y qué experiencias merecen ser consideradas en la construcción de nuestras ciudades. Pensar la arquitectura desde los cuidados no es pensar en los márgenes. Es pensar en el centro mismo de la vida.
Sofía Valenzuela Fuentes es arquitecta y docente en el Tecnológico de Monterrey (Guadalajara, México) y fundadora de Mamá Urbana.