Así como las casas organizan cuerpos y establecen jerarquías, también imponen necesidades y normalizan el esfuerzo excesivo tanto para su mantenimiento como para el de las personas que las habitan. El trabajo doméstico, entendido como el conjunto de labores cotidianas que mantienen los espacios en condiciones de habitabilidad y responden a las necesidades diarias de sus usuarias y usuarios, rara vez es considerado un factor de diseño. Al igual que las tareas de cuidado, el trabajo doméstico asume la existencia de cuerpos autosuficientes y capaces de realizar un esfuerzo físico constante. Muchas veces hemos sido las mujeres —madres, hijas— quienes hemos asumido este rol. En otras ocasiones, hemos aprendido que esta responsabilidad puede recaer en alguien más: cuerpos e identidades que no forman parte del núcleo familiar y que reciben un trato y privilegios distintos. Es decir, trabajadoras del hogar.
La arquitectura, las formas de vida modernas y la tecnología doméstica han contribuido a la normalización de legados patriarcales, coloniales y de producción capitalista que asumen la división sexual del trabajo doméstico y su desvalorización. La feminización del hogar moderno, por ejemplo, está vinculada a una idea de familia nuclear heterosexual en la que el padre es considerado el principal sostén económico, mientras la madre atiende las labores domésticas y el cuidado de los hijos. En el contexto económico actual, esta estructura es más un mito que una realidad, ya que, para empezar, rara vez es posible sostener una familia con el sueldo de una sola persona. Sin embargo, el trabajo doméstico muchas veces continúa recayendo en la figura femenina, quien debe cumplir con una jornada de trabajo fuera y otra dentro de la casa.
Esta división del trabajo, además, se cruza con dinámicas de raza, clase, lugar de origen y etnicidad. Si bien muchas de nosotras hemos lidiado con la división del trabajo doméstico no remunerado debido a nuestra identidad de género, es difícil negar que han sido, en su gran mayoría, mujeres racializadas y de escasos recursos quienes han tenido que enfrentar “jornadas dobles” de trabajo doméstico: la remunerada y la no remunerada. Desde esta perspectiva, “el nivel de vida más alto de una mujer es posible y, al mismo tiempo, ayuda a perpetuar el nivel de vida más bajo de la otra” (Glenn, 1992), creando así jerarquías y vínculos de interdependencia.
Los estilos de vida modernos y sus arquitecturas vinieron acompañados de una necesidad compulsiva por eliminar toda traza de suciedad, junto con el supuesto de que los cuerpos encargados de obedecer esta lógica son necesariamente femeninos, sumisos e inagotables.
Estos supuestos no solo contribuyen a la desvalorización del trabajo del hogar, sino que también reproducen arquitecturas, formas de vida y tecnologías que lo invisibilizan y lo vuelven más extenuante. Materiales y acabados modernos como la porcelana o los azulejos fueron desarrollados para producir espacios más “higiénicos”, pero también incrementaron la carga del trabajo doméstico necesaria para mantener nuevos estándares de limpieza. Cuanto más blancos y brillantes son estos materiales, más fácil resulta identificar el polvo y la suciedad, y más laborioso se vuelve su mantenimiento. Algo similar ocurrió con la tecnología doméstica, que prometió liberar el tiempo de las amas de casa, pero que en muchos casos solo aumentó las exigencias y las expectativas: ciclos de lavado y planchado más frecuentes, alfombras mejor aspiradas, platos más limpios y alimentos más sofisticados. Ya sea que este trabajo sea realizado por una misma o por una trabajadora del hogar, la supuesta modernización del trabajo doméstico no parece haberlo optimizado. Al contrario, parece haberlo vuelto más agotador y menos valorado. Es un trabajo que, como muchas trabajadoras del hogar señalan, “solo se ve cuando no se hace”. En general, los estilos de vida modernos y sus arquitecturas vinieron acompañados de una necesidad compulsiva por eliminar toda traza de suciedad, junto con el supuesto de que los cuerpos encargados de obedecer esta lógica son necesariamente femeninos, sumisos e inagotables.
Visibilizar y reconocer el trabajo doméstico
La casa Posibilita rechaza esta lógica intensificadora del trabajo doméstico. Así como propone entender la vivienda como una infraestructura de cuidado —en la que el diseño se centra no solo en las necesidades de las personas que son cuidadas, sino con la misma importancia en las de quienes cuidan—, la casa Posibilita no busca abordar el trabajo doméstico para hacerlo más productivo, sino para hacerlo menos agotador. No se trata de acelerar el ritmo, sino de reducir la fricción. Esto implica, para empezar, reconocer el cuerpo que lo realiza: un cuerpo que se agacha, carga peso y se desplaza constantemente. Alturas inadecuadas, almacenamientos inaccesibles y recorridos largos convierten tareas simples en fuentes de desgaste acumulado. Una casa que reduce la fricción física no exige fuerza ni posturas forzadas.
Por otro lado, los materiales también imponen ritmos y exigencias. Reducir la fricción material implica diseñar con materiales que envejezcan bien, que acepten la huella del uso sin convertirse en señal de descuido, pues no todo rastro es suciedad: a veces es simplemente la evidencia de que un espacio está siendo habitado. Sin embargo, las superficies o espacios que solo se ven “limpios” cuando están impecables generan una presión constante por mantenerlos en ese estado.
Diseñar desde los ciclos cotidianos permite que las tareas fluyan sin interrupciones ni recorridos innecesarios, reduciendo tanto el tiempo como la energía invertida. Al mismo tiempo, la mayoría de las viviendas asumen la presencia de cuerpos hábiles y autosuficientes
El trabajo doméstico tampoco ocurre en actos independientes, sino en secuencias, y por lo tanto el espacio debería reflejar esas continuidades. Lavar implica secar y guardar; cocinar implica limpiar la cocina y lavar los platos; entrar a casa implica dejar objetos y, en ocasiones, cambiarse la ropa o los zapatos. Cuando estas acciones se fragmentan espacialmente, el esfuerzo se multiplica. Diseñar desde los ciclos cotidianos permite que las tareas fluyan sin interrupciones ni recorridos innecesarios, reduciendo tanto el tiempo como la energía invertida. Al mismo tiempo, la mayoría de las viviendas asumen la presencia de cuerpos hábiles y autosuficientes. Esta suposición excluye infancias, vejeces, cuerpos cansados o personas con capacidades diversas. Diseñar el trabajo doméstico desde una perspectiva de cuidado implica permitir pausas, ritmos variables y distintas formas de realizar las mismas tareas.
Una casa Posibilita no busca optimizar el trabajo doméstico para producir más, sino para exigir menos. Hacer visible el trabajo doméstico significa reconocer su centralidad en la vida cotidiana. Negar su existencia, en cambio, es negar la existencia de los cuerpos que cuidan. Finalmente, romper con la lógica del régimen estético moderno es posible cuando asignamos un valor a los cuerpos que cuidan por arriba del valor de los cuerpos arquitectónicos.
Tania Osorio Harp es parte del área I+D Arquitectura Posibilita y Doctora UC Berkeley College of Environmental Design.