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Zaida Muxí: “El urbanismo no se ha pensado para la vida diaria y cotidiana, se ha pensado solamente para el negocio (…) con lo cual se ha segregado y fragmentado la ciudad”

Zaida Muxí, arquitecta y urbanista feminista (Buenos Aires, 1964), aterriza qué significa la arquitectura desde perspectivas de género: “Se trata de trabajar con las mujeres, entender que la problemática que ellas enfrentan abarca todas las otras problemáticas. Cuando ellas explican cómo es su vida, no solo hablan de ellas, sino que hablan de todo, son las que cuidan”.

Muxí cuenta con una amplia experiencia en la docencia, actualmente es Profesora de Excelencia del Tecnológico de Monterrey (México), y ejerció como profesora de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona y codirectora del Máster Laboratorio de la Vivienda del Siglo XXI de la Universidad Politécnica de Cataluña. También ha trabajado en políticas públicas, llegando a ser Directora de Urbanismo en el ayuntamiento de Santa Coloma de Gramenet, y ha formado parte de espacios colaborativos de pensamiento, como el Col lectiu punt 6, centrado en urbanismo feminista. Muxí es además autora, entre otros libros, de Política y Arquitectura, (Editorial GG, 2020), junto a Josep Maria  Montaner. En 2019 publicó Mujeres, casas y ciudades. Más allá del umbral (Dpr-Barcelona).

 


“La construcción de la historiografía se basa en un relato heróico, entonces tampoco interesa la comunidad, la historia del grupo. Sin embargo, no hay nada que como seres humanos hagamos que sea individual. No sobrevivimos ni medio día, ni unas horas tras nacer, si no hay alguien que vele por nosotras o nosotros”


 

En uno de tus libros abordas cómo se relaciona la arquitectura con la política, y en otro, reivindicas la mirada de las mujeres arquitectas y urbanistas, invisibilizadas por el canon masculino. ¿En qué sentido es la arquitectura un ejercicio político, y por qué es también político, recuperar la historia y el presente de las mujeres arquitectas?

 

Todo lo que hacemos como seres humanos es política en un punto. Porque al final la política es el gobierno, la organización de lo común, de lo que compartimos, y las prioridades que se establecen para esas acciones que rigen lo común. Y la arquitectura en general es el espacio en el que desarrollamos nuestras relaciones: quién se decide poner en el centro, dónde se deciden hacer los proyectos, qué proyectos se deciden hacer… todo eso es política.

 

Además, entiendo que la arquitectura es política en el sentido también del poder: hablamos en general de acciones o actividades que requieren bastante dinero, autorizaciones, legitimación. ¿Quién está legitimado para decidir qué hacer o tener voz en qué hacer? Y en este sentido aparecería también la reivindicación de las mujeres como actoras políticas en todos los ámbitos, también en la arquitectura y el urbanismo, porque las mujeres hemos estado siempre presentes en cualquier actividad humana, evidentemente, cada vez hay más investigaciones que demuestran que siempre hemos estado. Lo que pasa es que la historia la ha escrito el hombre hetero, cis, blanco poderoso, etcétera, y ha evitado la aparición de las mujeres como actoras, como protagonistas. La construcción de la historiografía se basa en un relato heróico, entonces tampoco interesa la comunidad, la historia del grupo. Sin embargo, no hay nada que como seres humanos hagamos que sea individual. No sobrevivimos ni medio día, ni unas horas tras nacer, si no hay alguien que vele por nosotras o nosotros.


“La verdad es que cuando investigas la cuestión de la presencia de las mujeres a lo largo de la historia es alucinante la eliminación”


 

La verdad es que cuando investigas la cuestión de la presencia de las mujeres a lo largo de la historia es alucinante la eliminación. Y ver qué tranquilos se quedan con la excusa de la calidad, que sería otra cuestión. O sea, esta idea de que los hombres han hecho cosas de mayor calidad. Pero, ¿quién decide lo que tiene calidad, quién establece el canon, quién decide qué es lo importante, qué es lo que vale la pena, qué es lo que tiene interés? Lo decide un grupo excluyente, minoritario, y en ese grupo no estamos las mujeres. Hemos estado menos, y sobre todo no estamos en la historiografía. Y, evidentemente, las mujeres tampoco somos un grupo uniforme ni único.

 


“Las mujeres también han estado siempre en primera línea de la defensa de esas otras vidas. Pues no existimos en la nada, sino que estamos rodeadas de vidas”


 

Vivimos en ciudades que se han construido históricamente alejándose de la naturaleza, con propuestas habitacionales, como las urbanizaciones cerradas, que nos alejan del resto de habitantes de la ciudad. ¿La arquitectura y el urbanismo feministas nos pueden ayudar a desandar ese camino de alejamiento de la tierra y la vecindad?

 

Sí, yo creo que sí. Porque, por un lado, las mujeres tenemos el rol de género asignado de los cuidados, pero también es cierto que hay una cuestión animal, instintiva. Que ser portadora de vida en algo cambiará tu mirada hacia las vidas, hayas sido o no madre. También el estar en la periferia da una ventaja, que es poder hablar sin deberle nada a nadie. Creo que tanto la postura política del feminismo, como la posición de opresión, de periferia de las mujeres, nos da una situación de poder hablar más libremente. Eso nos permite pensar de otra manera, porque experimentamos también la vida de otras maneras, sea por los cuerpos como por las tareas asignadas, pues mayoritariamente sabemos que el cuidado, el mantenimiento de la vida, sigue siendo femenino, del cuerpo femenino o del género femenino. Las mujeres también han estado siempre en primera línea de la defensa de esas otras vidas. Pues no existimos en la nada, sino que estamos rodeadas de vidas.

 

En tus textos hablas de poner en el centro la vida y lo cotidiano. En ese sentido se diría que hemos sufrido en las ciudades un urbanismo que dificulta la cotidianeidad, que nos aleja y nos hace prisioneras del coche, nos obliga a recorrer largas distancias.

 

Sí, totalmente, el urbanismo no se ha pensado para la vida diaria y cotidiana, se ha pensado solamente para el negocio, con muy pocas excepciones, porque siempre parece que es imposible incorporar todo lo otro. No solamente se ha dividido por género, por edades, sino también por clase. Con lo cual se ha segregado y fragmentado la ciudad.

 


“Es una decisión política —en el sentido de romper las sociedades o no permitir que la comunidad se fortalezca— tener ciudades fragmentadas, extensas, separadas por clase, por género, porque lo que interesa es que cada una y cada uno de nosotros estemos solos, seamos individuos y no pensemos de manera colectiva”


 

Y en este sentido, ¿qué rol ocupa el barrio desde una perspectiva feminista, en cuanto que pone en el centro también la cotidianeidad?

 

El barrio, bien entendido, es una red de relaciones, de apoyos, de vida cotidiana, de poder hacer el máximo de tareas en un entorno próximo, que también es la única manera de conciliar las vidas. Es una decisión política —en el sentido de romper las sociedades o no permitir que la comunidad se fortalezca— tener ciudades fragmentadas, extensas, separadas por clase, por género, porque lo que interesa es que cada una y cada uno de nosotros estemos solos, seamos individuos y no pensemos de manera colectiva. El barrio es todo lo contrario: es el espacio de lo colectivo, de lo comunitario y donde se pueden construir redes. Evidentemente también hay problemas, como en cualquier relación, hasta en la relación con una misma hay problemas. Pero es el espacio de esas relaciones interpersonales y de formar comunidad. De hecho, la pandemia lo mostró, en los barrios  donde te encuentras con la gente en la calle, donde hay interclase, donde hay multiculturalidad, es donde se dio un apoyo más claro, entre gentes que no se conocen, o que se conocen porque participan de ese mismo espacio público, pero no porque sean amigos o amigas.

 

Gran parte de tu trayectoria, por ejemplo en Barcelona, se ha dado en un momento más fértil en términos de pensamiento municipalista, en el que se apostaba por repensar la ciudad. Ahora mismo no parece que estemos ahí.

 

No estamos en ese momento, ni en un pensamiento municipalista, ni nada. Hemos pasado a un gobierno que no es gobierno político, es una administración-gerencia que continúa con que la máquina funcione en aquello que más le interesa y acabar lo que tienen empezado que no les interesa que continúe. Una máquina aparentemente cero política. Pero, otra vez, hay política allí en decidir que no voy a mejorar los barrios, no voy a construir vivienda… o solamente voy a mejorar barrios, porque sí que en cierto punto lo están haciendo, pero en un modo muy paternalista, de «vamos a ver, que los pobres no sean tan pobres» entre muchas comillas, pero no una construcción de un modelo de ciudad, ni mucho menos  con participación real, ni feminismo.

 


La mirada feminista es situada, por tanto se trata de estar en los sitios y escuchar, hablar, y entender cómo vive la gente ahí. No con una mirada externa ni colonial, no llegar a imponerte, sino poner tus conocimientos a disposición de las necesidades que hay, en función de lo que salga de allí


 

En este marco me interesan también tus proyectos en villas en Buenos Aires o favelas en Sao Paulo. Que igual aquí desde España parece todo un poco lejano, pero nosotros tenemos, por ejemplo, la Cañada Real y no es una realidad tan ajena como nos queremos contar. ¿Cómo aplicar esa mirada feminista a contextos tan complejos?

 

La mirada feminista es situada, por tanto se trata de estar en los sitios y escuchar, hablar, y entender cómo vive la gente ahí. No con una mirada externa ni colonial, no llegar a imponerte, sino poner tus conocimientos a disposición de las necesidades que hay, en función de lo que salga de allí. Tuve la oportunidad de colaborar, tanto en Buenos Aires como en San Pablo, en generar criterios, no tanto en hacer una intervención directa. Esto nos llevó a trabajar con mujeres en favelas y con mujeres en barrios de Buenos Aires, en donde se da una cosa menos homogénea, no todo es autoproducción. El barrio en el que trabajamos en Buenos Aires era más un conjunto de viviendas de los años 60, 70, alguna zona de la ciudad tradicional que tiene algo de auto–producción, pero que al menos, la parte urbana, está ordenada en parcelas donde la gente se va construyendo como puede sus casas, y después otra parte más auto producida, incluyendo las calles y todo, con toda esta mezcla de tipologías, de espacios y también de gentes, y de orígenes.

 

Entonces se trata de trabajar con las mujeres, entender que las problemáticas que ellas enfrentan abarca todas las otras problemáticas. Porque también una cosa que hemos aprendido con Col·lectiu punt 6, desde el inicio, fue que cuando ellas explican cómo es su vida, no solo hablan de ellas, sino que hablan de todo, son las que cuidan y saben todo, cosa que no pasa si haces un proceso participativo con hombres: los hombres te hablan de ellos, de su experiencia como universal. Ellas no, ellas al contrario, cuesta que saquen su propia experiencia, pero te cuentan de la hija, de la nieta, del marido, del hijo. Saben las dificultades a las que se enfrenta todo el mundo. Y al final, digamos, yo creo, que no hay tanta diferencia en lo que queremos todas. Queremos vivir seguras, en paz, en unos barrios que nos permitan esa vida cotidiana. Que estén limpios, que haya vegetación, que haya servicios para cada día. No hay tanta diferencia en lo que queremos unas y otras.

 

No hay pocos ejemplos de iniciativas de cooperativas de vivienda con diseños que incorporan una mirada feminista a los espacios. Sin embargo, parece que no estamos en sociedades que prioricen esta mirada y cuesta escalar este modelo.

 

Por suerte, en Barcelona, han habido más experiencias, la Cooperativa de Vivienda La Borda fue la primera, y ya van no sé cuántas ya, hay algunas en que la base, o el inicio, es una fundación, o sea que ya no solo es el gobierno de la ciudad, que en este momento solo está con las parcelas que se habían dejado asignadas para las cooperativas, y no está siguiendo tampoco con eso. Pero en otros sitios, por ejemplo, en Suecia, también tienen una larguísima trayectoria tanto feminista como de viviendas cooperativas colaborativas. El problema que tienen estas viviendas para escalarlas, yo diría que son dos: uno es que la gente tiene que tener un dinero para comenzar, y no todo el mundo tiene esa capacidad de ahorro, evidentemente. Y el segundo, —que creo que al final es una elección y me parece menos grave—, es que no todo el mundo puede ni quiere vivir en ese entorno. Yo creo que debería ser una de las opciones.

 

En Suecia, un ejemplo que tuve la oportunidad de ir a ver en Malmö, eran 80 viviendas muy, muy diversas, y en ese caso las había construido el municipio para un grupo determinado, una cooperativa bien grande, pero la construcción era municipal, y eso lo que hacía es que ese dinero inicial no fuese una óbice. Sí, tienes que decidir que quieres vivir de esta manera, colaborativamente, no es que compartes todo, todo, todo, hay quienes comparten cocinas y comidas, otros no, pero bueno, hay evidentemente unas responsabilidades comunes diferentes,  pero de esa manera se abre a que cualquier persona, sin importar su capacidad de ahorro, pueda vivir en una cooperativa, que es vivienda en propiedad colectiva, en cesión de uso, etcétera.

 


Evidentemente el problema de la vivienda es un problemón, y al final cuando te dicen que eres migrante o extranjero es porque no tienes dinero, esa es la base de todo ¿cuántos otros que son migrantes y extranjeros no sufren eso porque tienen dinero? Entonces al final hay una cuestión de clase, porque ni siquiera estaríamos hablando de etnias o colores de piel, si hay dinero, nada de eso importa.


 

Ante la crisis habitacional, la extrema derecha pone en contra a personas nativas y extranjeras, culpando también a las personas inmigrantes de acaparar la vivienda, de hacer que suban los precios, o de provocar inseguridad en los barrios, ¿cómo impugnar esa narrativa?

 

No sé cómo se evita, porque realmente estas narrativas son mentira, y contra la mentira ¿qué puedes hacer? el que quiere escuchar mentiras va a escuchar lo que le digan. Yo creo que el mayor problema de esto es que la prensa y los medios repiten estos discursos, aunque sea que los repiten para decir que no son ciertas, pero tampoco explican por qué no son ciertos. Creo que al final hay esa repetición que es la que cala, porque no sé cuánta gente escucha directamente a esos señoros que dicen esas barbaridades. Evidentemente el problema de la vivienda es un problemón, y al final cuando te dicen que eres migrante o extranjero es porque no tienes dinero, esa es la base de todo ¿cuántos otros que son migrantes y extranjeros no sufren eso porque tienen dinero? Entonces al final hay una cuestión de clase, porque ni siquiera estaríamos hablando de etnias o colores de piel, si hay dinero, nada de eso importa.

 

Tenemos un país y un contexto europeo que no ha dado una respuesta real a la vivienda. Los países que venían dando respuestas, en algunos casos estas se han deteriorado mucho, como en Dinamarca, otras continúan: Viena continúa, no Austria, pero no ha habido una política clara que debería haber sido una política europea de construcción de vivienda y vivienda en alquiler o en cooperativa, no, en propiedad. O sea, separar el derecho a la vivienda del derecho a la propiedad, pues no me parece que este último sea un derecho. Son políticas que vienen marcadas desde el consenso de Washington en los 80, que progresivamente ha bajado impuestos a los ricos, que progresivamente se ha sacado la influencia del Estado. En Países Bajos existía la prohibición de comprar vivienda si tú no vivías allí, y se rompió. Ahora ha vuelto a establecerse porque la apertura también les generó muchos problemas, a pesar de tener muchísima más vivienda pública. Entonces, por un lado, están esas macro políticas que no hicieron caso del problema, y además está que España nunca entendió la política de vivienda con una política, sino como un sistema de intercambio de poder, de paternalismo, haciendo viviendas para la venta, con lo cual se descapitaliza al Estado sin tener herramientas para solucionar el problema a las futuras generaciones.

 


Si en la ciudad te dividen para gobernarte mejor, en el mundo también nos separan para poder controlarnos mejor, lo que necesitamos son colaboraciones, alianzas internacionales y no enfrentarnos unas a otras o unos a otros


 

Me estás hablando de realidades de distintos países, ¿podrías hacer un breve balance de qué supone esta multiplicidad de realidades y de compartir puntos de vista, ideas, imaginaciones respecto a la arquitectura y el urbanismo?

 

Creo que ayuda a relativizar, porque en cada sitio creen que el problema solo es de ellos y con su gobierno, pero no, es mucho mayor. Y creo que otra vez volvemos a lo de antes: si en la ciudad te dividen para gobernarte mejor, en el mundo también nos separan para poder controlarnos mejor, lo que necesitamos son colaboraciones, alianzas internacionales y no enfrentarnos unas a otras o unos a otros. Ya a nivel internacional hay poder, porque evidentemente contra esos dineros que al final marcan nuestras vidas y definen cómo son nuestras ciudades y cuál es el papel que cumple nuestro país, pues todas perdemos. No se puede hacer frente a eso, sino es con un acuerdo a mayor escala, ya ni siquiera de Estado, sino más grande.

 

Ayuda ver que, aunque hay particularidades, en el fondo estamos ante el mismo tipo de política extractivista que nos deja sin derechos. Tiene su cara diferente en diferentes países, se adecúa un poco a las distintas realidades pero, en definitiva, el objetivo es el mismo: gobernar para unos pocos con mucha mentira, mucho populismo. Y los movimientos feministas, frente a todo el problema que hay, han demostrado que siguen, a pesar de muchos pesares. Si el mundo es un poquito mejor es gracias a esos movimientos feministas, ecologistas, ecofeministas y movimientos de base que aún pelean por algo más comunitario, por la tierra. Sino estaríamos terrible.

 


Hay que empezar con lo poquito y con lo que tienes al alcance. Porque claro, en este momento los problemas son tan inmensos que te dejan paralizado, que también es parte de esa política de control y de sujeción


 

Pues muchísimas gracias por esta conclusión esperanzadora.

 

Hay que empezar con lo poquito y con lo que tienes al alcance. Porque claro, en este momento los problemas son tan inmensos que te dejan paralizado, que también es parte de esa política de control y de sujeción. El problema es tan inmenso que: «escóndete en tu casa», y no, hay que salir y resolver aunque sea la esquina de tu casa.

 

Sarah Babiker es colaboradora en contenidos Posibilita, periodista y antropóloga especializada en desigualdad.

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