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Georgina Cisquella: “Empecé a mirar imágenes de desahucios de mucho tiempo atrás y en las puertas de las casas quienes estaban allí básicamente eran mujeres”

La veterana documentalista Georgina Cisquella (Barcelona, 1954), refleja en su último trabajo, la centralidad de las mujeres en la lucha por el derecho a la vivienda, mostrando el dolor y la injusticia acechando la vida de tantas personas víctimas de un régimen inmobiliario avaricioso y cruel, pero también las potentes redes de solidaridad que se crean entre estas mujeres, y el apoyo mutuo como un espacio de posibilidad e incluso de alegría.

Una mujer mira a la calle desde la ventana de su casa. La acera está llena de gente que ha venido a defenderla de su inminente desahucio. En el rostro de la mujer, hay una mezcla de desolación y agradecimiento. “¡No estás sola!”, se repite a cada rato en el documental “Dónde vamos a vivir. Mujeres contra el desahucio”, estrenado en 2024. La veterana documentalista Georgina Cisquella (Barcelona, 1954), refleja en su último trabajo, la centralidad de las mujeres en la lucha por el derecho a la vivienda, mostrando el dolor y la injusticia acechando la vida de tantas personas víctimas de un régimen inmobiliario avaricioso y cruel, pero también las potentes redes de solidaridad que se crean entre estas mujeres, y el apoyo mutuo como un espacio de posibilidad e incluso de alegría.

 


El proyecto empezó porque yo fui a una asamblea de Carabanchel, que se llamaba feminismo y vivienda, fui por curiosidad. Hubo muchas mujeres que empezaron a explicar todas las dificultades que, como mujeres, tenían para el acceso a la vivienda, sus casos concretos, entonces pensé que ese era un tema


 

¿Por qué decides hacer este documental?

 

Yo había hecho un documental anterior que era sobre las Kellys: el tema del activismo de las mujeres siempre me ha interesado. Y el tema de la vivienda, también me parece crucial. El proyecto empezó porque yo fui a una asamblea de Carabanchel, que se llamaba feminismo y vivienda, fui por curiosidad. Hubo muchas mujeres que empezaron a explicar todas las dificultades que, como mujeres, tenían para el acceso a la vivienda, sus casos concretos, entonces pensé que ese era un tema. Luego, por un lado, cuando empecé a ir a desahucios y empecé a grabar, iba a las asambleas. Había dos cosas: en las asambleas de vivienda donde la gente va a pedir socorro, ahora ya empieza a haber más chavales jóvenes, pero cuando yo empecé había mayoritariamente muchas mujeres que son las que van a defender las casas. Y por otro lado, empecé a mirar imágenes de desahucios de mucho tiempo atrás y en las puertas de las casas quienes estaban allí básicamente eran mujeres. Eso me dio un punto de reflexión sobre el tema de vivienda y mujeres.

 

¿De qué manera interseccionan la mirada feminista y la lucha por la vivienda?

 

Las jornadas que te he mencionado, fueron para ver las dificultades y reivindicaciones que pueden tener las mujeres específicamente, porque claro, el problema de la vivienda afecta a miles, millones de personas, gente joven y demás, pero las mujeres tiene problemas añadidos, estamos hablando de colectivos de mujeres migrantes, de mujeres que ya han padecido violencia de género, además de mujeres separadas, mujeres con trabajos precarios que no pueden acceder a pagar un alquiler. Entonces ha habido algunas reivindicaciones de que, por la cuestión de género y por estas situaciones, tendría que haber preferencia a la hora de adjudicar determinadas viviendas. Situaciones como una madre que se ha tenido que ir, o una mujer que llega aquí, el marido se va, se queda con tres hijos y tiene un sueldo de mierda.

 


Si tú eres una mujer que tiene un trabajo precario, aunque sea un buen trabajo pero muy precario de sueldo, pues evidentemente te descartan


 

Recuerdo que en el documental sale una mujer que afirma, «me han dicho que no doy el perfil para pedir una vivienda social, pero tengo hijos, no tengo ingresos, ¿cómo es eso de que no doy el perfil si no puedo ni vivir?»

 

Ahora ya ser inquilino, en general, es pasar una carrera de obstáculos brutal. Pero si tú eres una mujer que tiene un trabajo precario, aunque sea un buen trabajo pero muy precario de sueldo, pues evidentemente te descartan. Por ejemplo, en esa asamblea, esa primera vez que fui yo, dos mujeres querían alquilar un piso entre las dos, y tenían nóminas de 700, 800 euros cada una, pues no se lo alquilaban. Por otro lado hay muchas mujeres que tienen muchos trabajos, de limpieza, de asistenta doméstica, y que les pagan en negro. Entonces eso no se puede computar a la hora de alquilar. En fin, que si eres vulnerable y pobre, lo de alquilar un piso es un milagro.

 

De hecho, ya no hay ese estigma social tan claro hacia las madres solas, pero sin embargo, en lo material, de alguna forma se sufre el estigma, con esta exclusión.

 

Bueno, si la madre sola es multimillonaria no va a tener ningún problema. Pero sí que es verdad que no se fían de ellas, y además, ahora que han proliferado todas esas empresas de alquiler seguro, si hay cinco candidatos a alquilar un piso, pues la mujer precaria será la última. No va a entrar nunca a verlo, ya ni las llaman.

 

Pienso también en las movilizaciones que hubo en Reino Unido contra que se alojara a las personas migrantes, y que, de alguna forma de extrema derecha está enfrentando a la gente, aprovechando la crisis de vivienda, para señalar a las personas migrantes como chivo expiatorio por las grandes tensiones inmobiliarias. Lo que vemos en tu documental, sin embargo, es cómo hay muchas personas migrantes al frente de la lucha por el derecho a la vivienda.

 

Las mujeres migrantes están en la lucha por la vivienda, primero porque normalmente son las más precarias y segundo porque las mujeres que son españolas — y que evidentemente también están ahí— si tienen un problema de desahucio o de impago o de lo que sea, normalmente pueden tener una red familiar que las apoye. En cambio, las migrantes no tienen esas redes sociales, a lo mejor están mandando dinero a su madre y a su abuela y a sus hijos a otro país. Entonces, en el momento que tienen un problema, están súper desamparadas.

 


Cuando una mujer está desesperada, que vea que no está sola, que lo que le pasa a ella, le pasa a muchas otras mujeres y a muchas otras familias también. Entonces, los espacios son fundamentales para mantener la salud mental y emocional.


 

Como se muestra en el documental, muchas veces estas asambleas tienen lugar en centros sociales autogesionados, ¿qué relación hay entre el hecho de contar con estos espacios colectivos, y la lucha por la vivienda?

 

A mí me parece que hay una relación fundamental, porque en estos espacios las mujeres buscan, por un lado, intentar primero entender lo que les está pasando, qué pueden hacer legalmente: les llega el tocho —que dicen ellas— y entonces van a un espacio donde les pueden explicar. Pero además encuentran un soporte emocional. Es fundamental, cuando una mujer está desesperada, que vea que no está sola, que lo que le pasa a ella, le pasa a muchas otras mujeres y a muchas otras familias también. Entonces, los espacios son fundamentales para mantener la salud mental y emocional. Si eso desaparece, pues se atomiza el problema y la gente se queda más sola que la una.

 

Filmas en momentos muy tensos, muy íntimos, muy dolorosos. ¿Cómo es estar ahí con la cámara y captar un primer plano de alguien que está en este tipo de situaciones?

 

La verdad es que yo empecé a ir a las asambleas de Carabanchel, fui muchísimas veces, les conté lo que quería hacer, cómo lo quería hacer, empecé a ganarme un poco la confianza. Fue muy gracioso porque coincidí con Juan Diego Botto. Un día estábamos en la asamblea los dos, él había ido para ver un poco cómo funcionaba, y todavía andábamos con mascarilla. Y fue cómo «¿Y tú qué haces aquí?» «¿Y tú?» Él estaba preparando En los márgenes, y es muy curioso, porque algunas de las mujeres reales de mi documental salen de extras en la película de Juan Diego.

 

De hecho, recoges un momento muy curioso en el que una activista le cuenta a otra que algunas van a tenerlo difícil para acudir a un desahucio porque están con un rodaje.

 

Sí, es que todos los figurantes de aquella película son reales, no son actores. Por mi parte, empecé a ir a desahucios con mi cámara. Grabé muchas cosas. Por ejemplo, la primera escena que sale en el documental, cuando llega la policía y tira la puerta, yo había ido allí y no sabía qué iba a pasar. Normalmente la gente va a acompañar a la persona que va a ser desahuciada. Y entonces me fui allí a las nueve de la noche pensando que sería un acompañamiento, y me encontré con los jóvenes montando una barricada en la puerta. A mitad de la noche se me acabó la batería de la cámara, menos mal que había llevado un cargador y pude grabar cuando entra la poli. La verdad es que la gente no me ha puesto ningún problema, porque todo el mundo en la asamblea lo que intenta es dar a conocer. Vieron que iba en serio, que no era ir y hacer un reportaje de un día, que fueron muchos meses.

 

¿Cuánto tiempo estuviste trabajando en el documental?

 

Pues fíjate, la primera asamblea a la que fui se hizo antes de la pandemia, después tuve que parar, y al retomar, estuve un año y medio trabajando.

 

Vamos, que no eras una desconocida.

 

Además, si había un desahucio y necesitaban imágenes del desahucio, se las daba. Yo digo que es una película que hicimos entre todas.

 

Rompe bastante el corazón ver a personas tan mayores como las que salen, en ese desamparo. ¿Cuando ves llegar a las comisiones judiciales y a la policía echando a esta gente, qué sientes?

 

La verdad es que hay casos que son absolutamente dramáticos e inconcebibles. Porque además, en realidad, a veces los juzgados hacen lo que les da la gana. Incluso en época de moratorias, han llevado a cabo desahucios increíbles, como el de esa pareja mayor que sale en el documental, tenían un contrato de toda la vida. No hay corazón. Madrid es una ciudad especialmente de falta de corazón. Es verdad que el problema está en todas partes, en todas las ciudades, pero es que aquí no hay ningún tipo de compasión ni de criterio, de saber que en un momento determinado tú no puedes echar a esa familia, a no ser que al menos tengas un alternativa digna. Y la gente mayor, ha habido ya varios casos de que les llega un burofax y si tienen 70, 80 años se tienen que marchar. Va a seguir así, y si hay un cambio de gobierno, ya ni te cuento.

 

Una de las activistas que aparecen, Laura Barrio, me explicaba una vez hasta dónde llegaba el problema para muchas mujeres, teniendo solo como opción la de ocupar, algo que las genera mucha angustia, también por la estigmatización que los medios de comunicación hacen sobre sobre las personas que ocupan.

 

El tema de la ocupación ha tenido una utilización política brutal. Yo creo que a nadie le gusta ocupar. Primero, es un riesgo, es muy difícil ahora porque hay mucho control, ponen puertas en todos los sitios. Y después, tú siempre vives pendiente de cuándo te van a echar, cuándo va a venir la policía a echarte. No es un plato de buen gusto. La ocupación fue también una consecuencia de la crisis del 2008/2009, cuando cientos de miles de familias se quedaron en la calle. Algunas incluso llegaron a ocupar su propio piso, el que el banco les había quitado. También ocupar fue una reacción frente a que había miles de pisos de los bancos vacíos y gente en la calle. Entonces, si tú te quedas en la calle con dos hijos, y te dicen que hay un piso vacío, pues te metes. Como la señora mayor que sale en el documental, que es la PAH quien la mete allí, en un piso de la Sareb —y es que la historia de la Sareb, también tiene cola. Entiendo que la ocupación ha sido una reacción de supervivencia. Evidentemente, siempre hay gente que se aprovecha, mafias y demás, pero esa historia de que bajo a comprar el pan y me ocupan el piso, pues eso es un invento del TBO. Y luego está la historia de que se está primando siempre a los propietarios y no hay ningún respeto, ninguna compasión por los inquilinos.

 

Me llama la atención que hay una especie de sobre humanización de los propietarios, aunque en muchos casos son fondos donde no parece que haya mucho humano para responder detrás, y sin embargo hay una deshumanización de los inquilinos, que acaban pareciendo una abstracción.

 

Claro, es que se pone el caso de la viejita que se compró un piso y que vive de eso. Eso puede pasar, pero estamos hablando de que hay grandes fondos de inversión quedándose con todo: compran un edificio, lo vacían y montan unos pisos carísimos y ya está. Y luego estamos hablando que hay propietarios pequeños sí, pero también grandes tenedores que tienen cinco, siete, ocho pisos. ¿Qué pasa? ¿Que su vida sólo va a ser eso? ¿Se va a basar solo en el rentismo de esos pisos, y si tienen un problema en un piso, porque hay un moroso, no van a poder vivir? Mentira. Quien tiene siete pisos, seguramente vive muy bien y viene de una buena familia. Eso es lo que yo pienso.

 


Ha cambiado mucho todo el relato del tema de la vivienda. En el año 2012, cuando hubo tantos desahucios, la PAH creció, y tenía muchísima gente. Le dieron un premio europeo a la PAH, el premio al ciudadano europeo. Entonces se iba a los desahucios y no había esa represión. Ahora, como se ha cambiado el discurso, en cuanto se va a protestar por un desahucio llega la policía


 

En el documental muestran también cómo están friendo a multas a las y los activistas, las mujeres comparan la represión actual con el principio, cuando se contaba con más libertad para protestar y también con más empatía social.

 

Es que ha cambiado mucho todo el relato del tema de la vivienda. En el año 2012, cuando hubo tantos desahucios, la PAH creció, y tenía muchísima gente. Le dieron un premio europeo a la PAH, el premio al ciudadano europeo. Entonces se iba a los desahucios y no había esa represión. Ahora, como se ha cambiado el discurso, en cuanto se va a protestar por un desahucio llega la policía, y si por casualidad haces cualquier movimiento o te enfrentas un poco, te toman nota y te llegan multas. Muchas, muchas, muchas. Es una manera de crear miedo para que nadie proteste. Te dicen, bueno, no te vamos a detener, pero te vamos a poner una multa de 600 €, que si tú cobras 800 € al mes, pues evidentemente te hace polvo, con lo cual seguramente te vas a pensar la próxima vez si vas o no al desahucio.

 

¿Y en este momento, cómo ha sido la recepción del documental? Vi que por ejemplo hicisteis un coloquio en el madrileño Teatro del Barrio.

 

He ido a varios sitios, pero me gustaría moverlo más. También, con los cambios políticos que ha habido, muchas asociaciones de mujeres que yo conocía se han quedado sin ningún tipo de presupuesto, un poco las han desarticulado. Un documental, rara vez llega al cine, esta película la función que tiene es proyectarla y luego abrir debate con la gente y con el público. Entonces, como los espacios se han quitado, es difícil. Incluso me han contado que se ha intentado en algún centro cultural y el Ayuntamiento de Madrid no ha dado el permiso. Evidentemente, no es una película cómoda para según quién.

 

Sarah Babiker es colaboradora en contenidos Posibilita, periodista y antropóloga especializada en desigualdad.

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