Las tareas de cuidado de personas suceden en espacios que pueden determinar las condiciones mismas de dicha labor. Parece obvio, pero rara vez se habla de cuidar como una experiencia espacial. Es cierto que cuidar casi siempre requiere un esfuerzo emocional o afectivo, pero el espacio también determina el nivel de dificultad o confort que implica criar a una persona menor, acompañar a una persona adulta mayor o simplemente cuidarse a una misma. Dicho esto, es posible encontrarse con casas que facilitan las tareas de cuidado, pero también con otras que las dificultan. Escaleras imposibles, recorridos largos, puertas estrechas, falta de visibilidad, ruidos constantes. En muchas viviendas, cuidar implica forzar el cuerpo, improvisar soluciones o mantenerse permanentemente atenta, lo que termina desgastando física y emocionalmente.
Este sistema de diseño y producción de vivienda normaliza la idea de que cuidar es la excepción. Pero no lo es. El cuidado no es un momento puntual ni una etapa breve: es una condición de la vida humana y, por lo tanto, requiere una gestión cotidiana
La verdad es que la mayoría de las casas no están pensadas en torno a las tareas de cuidado. Están diseñadas para adultos autónomos, sanos y productivos. Todo aquello que no se ajusta al estereotipo de una adultez “sana” —la crianza, la vejez, la dependencia— se entiende como una desviación de la norma que debe resolverse de una forma u otra. Parte de esto tiene que ver con procesos de estandarización en la construcción y el diseño que, dentro de un contexto de producción capitalista, no permiten dedicar tiempo a encontrar soluciones individuales, antipatriarcales o simplemente enfocadas en quienes realizan las tareas de cuidado: generalmente mujeres, madres, niñeras, enfermeras o trabajadoras del hogar. Este sistema de diseño y producción de vivienda normaliza la idea de que cuidar es la excepción. Pero no lo es. El cuidado no es un momento puntual ni una etapa breve: es una condición de la vida humana y, por lo tanto, requiere una gestión cotidiana. Los ciclos diarios de todas las personas requieren algún tipo de cuidado. En ocasiones podremos ser autosuficientes o delegar nuestros cuidados a través de un servicio, pero todas las personas hemos necesitado cuidados y, en algún momento, volveremos a necesitarlos. Resulta difícil de creer que el diseño de la vivienda siga tratando el cuidado como algo secundario, casi accidental, volviéndolo así más pesado y desigual. De este modo, cuando el espacio no está pensado para facilitar las tareas de cuidado, la carga recae casi por completo en los cuerpos de quienes cuidan.
Dos ejemplos: la crianza y la vejez
La crianza y la vejez ponen en evidencia muchas de las carencias de la producción de vivienda contemporánea. No por falta de metros cuadrados, sino por distribuciones que niegan las necesidades tanto de las personas que cuidan como de aquellas que son cuidadas. La relación entre los espacios tiene el potencial de facilitar u obstaculizar estas tareas. En muchas casas, por ejemplo, la cocina queda aislada, lo cual implica perder de vista a quien se cuida y obliga a elegir entre vigilar o cocinar. La ubicación de los dormitorios y su relación con el resto de los espacios también puede complicar los cuidados cuando no permite una proximidad flexible, es decir, cuando no existen espacios intermedios entre lo común y lo íntimo. Estos espacios intermedios no solo evitan que el ruido se propague y afecte el descanso, sino que también permiten cercanía sin invadir la intimidad de la persona que es cuidada.
Personas que podrían seguir viviendo con relativa independencia se ven obligadas a depender de otras, no por su estado físico, sino por un diseño que no contempló las transformaciones del cuerpo a lo largo del tiempo
Las condiciones mencionadas pueden reconocerse tanto en la crianza como en el cuidado de personas mayores o dependientes. Sin embargo, en la vejez ocurre algo más. Muchas personas mayores que en algún momento fueron autosuficientes viven en casas que, con el paso del tiempo, se vuelven progresivamente hostiles. Escaleras que cansan, baños inseguros, recorridos largos, falta de apoyos e iluminación deficiente son características comunes de muchos hogares. Estas viviendas limitan la autonomía mucho antes de que el cuerpo lo haga. Personas que podrían seguir viviendo con relativa independencia se ven obligadas a depender de otras, no por su estado físico, sino por un diseño que no contempló las transformaciones del cuerpo a lo largo del tiempo. Pensar la vivienda desde la vejez implica reconocer estos cambios y asumir que el espacio debería poder cambiar con ellos.
Diseñar con intención
La casa Posibilita propone entender la vivienda como una infraestructura de cuidado. Cuidar no es solo atender a alguien en momentos puntuales, sino gestionar condiciones cotidianas para que la vida sea sostenible. Esto requiere que las necesidades tanto de las personas que cuidan como de aquellas que son cuidadas puedan resolverse sin vivir en un estado permanente de alerta y con la posibilidad real de descanso propio. Diseñar para el cuidado implica preguntarse: ¿cómo se puede estar cerca sin invadir?, ¿qué espacios permiten descansar mientras se cuida?, ¿cómo se reduce el esfuerzo físico innecesario? Algunas estrategias espaciales pueden ser sencillas y transformadoras: visibilidad parcial entre espacios, proximidad funcional entre zonas clave, eliminación de barreras innecesarias y flexibilidad para reorganizar usos. No se trata de crear casas “especiales” diseñadas exclusivamente para atender condiciones específicas de personas dependientes, sino viviendas que reconozcan que las necesidades cambian con el tiempo, que el cuidado es parte de la condición humana y que es fundamental atender las necesidades físicas y emocionales de quienes cuidan.
Diseñar con el objetivo de cuidar sin agotarse implica, muchas veces, permitir el descanso sin una desconexión total del cuidado: espacios que faciliten pausas y la gestión de rutinas flexibles. También requiere rechazar la normalización del agotamiento y del sacrificio constante
Este último punto es fundamental. Cuando el espacio no ayuda, cuidar se vuelve una tarea agotadora. El descanso de las personas que cuidan no solo es parte central del cuidado de personas dependientes, sino una condición sin la cual dicho cuidado se vuelve insostenible. Diseñar con el objetivo de cuidar sin agotarse implica, muchas veces, permitir el descanso sin una desconexión total del cuidado: espacios que faciliten pausas y la gestión de rutinas flexibles. También requiere rechazar la normalización del agotamiento y del sacrificio constante. El cuidado no debería depender de cuerpos sobreexigidos. El diseño puede —y debe— asumir parte de esa carga.
El diseño urbano también tiene un papel fundamental en sostener la vida cotidiana. Pensar el cuidado desde el espacio doméstico y urbano no es un gesto técnico, es una posición política sobre qué vidas importan y cómo queremos vivirlas
Independientemente del diseño de la vivienda en sí, esta no debería entenderse como un espacio aislado, sino como una unidad que es parte en una red más amplia de cuidados interconectados con la infraestructura de la ciudad. El acceso cotidiano a parques, áreas verdes, centros de salud, escuelas, mercados, transporte público y redes comunitarias incide directamente en la posibilidad de cuidar sin agotarse. Cuando estas infraestructuras están ausentes o alejadas, el cuidado recae casi por completo en el ámbito doméstico. Por el contrario, la ubicación de una casa en una parte de la ciudad que integre servicios, espacios públicos y equipamientos de proximidad permite distribuir el cuidado más allá de la casa, generando apoyos. El diseño urbano también tiene un papel fundamental en sostener la vida cotidiana. Pensar el cuidado desde el espacio doméstico y urbano no es un gesto técnico, es una posición política sobre qué vidas importan y cómo queremos vivirlas.
Tania Osorio Harp es parte del área I+D Arquitectura Posibilita y Doctora UC Berkeley College of Environmental Design.