“Habitación de Javi” (2009) de Cristina Llanos. Serie «Hogar, dulce hogar”. Acuarela sobre papel. 70 x 50 cm.

La casa como laboratorio: finanzas, vivienda y trabajo esencial

Reimaginar el hogar deja así de ser un problema exclusivamente arquitectónico, técnico e individual, para convertirse en un proceso de invención colectiva de otras formas de habitar, cuidar y sostener la vida fuera de las lógicas extractivas del capital

The Home as Laboratory (La casa como laboratorio) de Lucía Cavallero, Verónica Gago y Liz Mason-Deese, propone una relectura feminista del hogar como un espacio simultáneamente político, financiero y afectivo. Lejos de concebirlo como un refugio privado o una esfera separada de la economía, las autoras muestran el hogar, espacio históricamente entendido como “improductivo,” como un territorio en disputa donde convergen la reproducción social, la extracción de capital y formas situadas de resistencia. Es así que las autoras presentan a un hogar como un eje central de la financiarización contemporánea, particularmente a través de la deuda, los mercados inmobiliarios y las tecnologías financieras, un proceso que se intensificó durante la pandemia de COVID-19.

 

El libro examina cómo estos procesos financieros impactan de manera específica la vida cotidiana de las mujeres. Muestra que los regímenes de acceso a la vivienda, que implican la deuda, no solo reconfiguran las economías domésticas desde el punto de vista únicamente monetario, sino también los tiempos, los cuerpos, los afectos y la organización material del hogar. De modo específico, intensifican el trabajo remunerado y no remunerado, producen una forma de vida organizada por los pagos de la deuda, una gestión constante del riesgo y generan formas de violencia ligadas a la propiedad, la precariedad y la extracción continua de valor.

 

En este sentido las autoras arguyen que el hogar funciona como un verdadero laboratorio del capital: un espacio donde se experimentan nuevas técnicas de captura de la vida cotidiana, donde la deuda opera como una infraestructura íntima, organizando, en última instancia, las relaciones familiares, determinando decisiones materiales y produciendo con ello subjetividades endeudadas. Las autoras muestran entonces cómo la deuda es un dispositivo que transforma una crisis estructural (salarios bajos, inflación, falta de vivienda pública) en una responsabilidad individual que produce una ética de disciplina, culpa y auto–exigencia, que termina por convertir a la precariedad en un asunto privado.

 


Muestran al hogar como un espacio que concentra violencias estructurales, pero también con la potencia de crear recomposiciones radicales de hogar mismo y las dinámicas que ahí tienen lugar, pero también con relación al acceso al hogar propio y a las dinámicas comunitarias


 

Al mismo tiempo, no obstante, y a partir de experiencias concretas de asambleas de inquilinos, redes de apoyo mutuo, cartografías colectivas de la deuda, estrategias coordinadas de negociación y suspensión de pagos en la ciudad de Buenos Aires, las autoras muestran que estas subjetividades endeudadas pueden colectivizarse y se pueden politizar. Al transformar la deuda en problema colectivo y no en culpa privada, estas prácticas erosionan la moralización financiera y abren la posibilidad de otras formas de habitar el hogar: no como unidad aislada de supervivencia, sino como infraestructura compartida de cuidado y resistencia. Muestran al hogar como un espacio que concentra violencias estructurales, pero también con la potencia de crear recomposiciones radicales de hogar mismo y las dinámicas que ahí tienen lugar, pero también con relación al acceso al hogar propio y a las dinámicas comunitarias.

 

Más allá de los argumentos y del recuento de experiencias, para mí, uno de los aportes más interesantes del libro es su metodología de investigación militante. Anclado en experiencias concretas de organización feminista en Buenos Aires, como asentamientos informales, villas, asambleas de inquilinos, las autoras hacen visible los vínculos entre deuda, propiedad, trabajo racializado y trabajo de cuidados, realizados de manera desproporcionada por cuerpos feminizados. Las mujeres que atraviesan estas luchas no son objeto de análisis, sino productoras de conocimiento sobre cómo opera el poder financiero en la vida doméstica.

 

Desde ahí emergen las preguntas críticas que estructuran el libro: ¿qué significa hoy la propiedad para las mujeres cuando deja de ser una promesa de seguridad y se convierte en un mecanismo de exposición permanente al riesgo? ¿Puede existir una seguridad habitacional significativa dentro de regímenes inmobiliarios y crediticios gobernados por lógicas financieras volátiles? A través de ejemplos concretos, desde deudas hipotecarias impagables, créditos informales hasta redes de apoyo para sostener alquileres, el libro muestra cómo la propiedad y el alquiler funcionan cada vez más como tecnologías de gobierno de la vida cotidiana.

 


El espacio doméstico deja de ser neutro o natural y se revela como una forma histórica, organizada por relaciones de poder, deuda y cuidado


 

Al insistir en el hogar como espacio de trabajo, donde el trabajo no remunerado y feminizado sostiene tanto la vida como el valor de los activos inmobiliarios, The Home as Laboratory desestabiliza los modelos dominantes de propiedad que borran el trabajo reproductivo. Esta insistencia tiene también una dimensión estética y espacial: la distribución del hogar, sus ritmos, sus objetos y sus fronteras visibles e invisibles aparecen como efectos materiales de la financiarización. El espacio doméstico deja de ser neutro o natural y se revela como una forma histórica, organizada por relaciones de poder, deuda y cuidado.

 

En este punto, el libro dialoga de manera productiva con prácticas visuales y espaciales que interrogan el hogar no como escenario, sino como infraestructura. Las cartografías feministas que atraviesan el texto, estos son mapas de deuda, de trabajo doméstico, de circulación del cuidado, funcionan como dispositivos tanto estéticos como políticos. No buscan representar el espacio, sino ponerlo en tensión y mostrar los conflictos que ahí tienen lugar. Enfoque que resuena con la micropolítica de Suely Rolnik, para quien la transformación comienza cuando las formas de vida dominantes se vuelven sensibles, tensas, incluso insoportables.

 

Las autoras dejan claro que pensar políticas feministas de vivienda exige ir más allá del acceso individual a la propiedad y cuestionar las infraestructuras financieras, espaciales y afectivas que organizan la vida doméstica. The Home as Laboratory desplaza el eje del debate de la vivienda como activo a la vivienda como espacio de reproducción de la vida. Reimaginar el hogar deja así de ser un problema exclusivamente arquitectónico, técnico e individual, para convertirse en un proceso de invención colectiva de otras formas de habitar, cuidar y sostener la vida fuera de las lógicas extractivas del capital.

 

Mariana Barreto Ávila es responsable de contenidos internacionales Posibilita, Doctora en español y portugués por Northwestern University y multi-lingual social researcher.

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