Tana Phong Toochinda – UNSPLASH

La casa, el hogar, como espacio libre de violencias y maltratos

Las casas como espacios en los que se puede nombrar con palabras nuestras experiencias. Nuestros aprendizajes. Nuestra capacidad para enhebrar las cosas más sutiles, y complejas, para que la vida continúe. Donde sostener y desarrollar todas esas prácticas vitales diarias que nos hacen humanas

La casa, el hogar, es el comienzo de mucho de lo que somos y seremos, desde allí propongo un ejercicio de responsabilidad colectiva para generar las condiciones necesarias –externas e internas– que aumente, progresivamente, el número de hogares libres de violencias y maltratos. Que cada día podamos avanzar e ir arrinconando las dinámicas que producen trauma, dolor y herida sobre nuestras niñas, niños, mujeres, personas dependientes y personas cuyo trabajo se desarrolla en el espacio doméstico u “hogar” de otras y otros. Un propósito que generaría una revolución profunda en nuestra manera de habitar la vida, y nuestros propios cuerpos. Tan grande que todas —niñas, adolescentes, jóvenes, adultas, mayores— podrían habitar hogares donde sus potencias, fortalezas y posibilidades vitales puedan crecer, ya que la violencia arrincona. Nos obliga a escondernos y replegar lo genuino. Nos obliga a sentir vergüenza de quienes somos.

 

Según lo que publica efeminista acerca de los datos analizados por VioGén2 Sistema de seguimiento integral en los casos de Violencia de Género (Secretaría de Estado de Seguridad del Ministerio del Interior), el pasado enero 2026 había 103.461 casos activos de mujeres víctimas de violencia de género que viven con protección policial –un 2,1 % más que un año antes. Otra dato relevante son los 910.506 hogares en riesgo y las 778.745 mujeres víctimas de violencia de género que necesitan protección. Desde 2007, en el Estado Español, los cuerpos policiales tienen identificados a más de 650.000 maltratadores inscritos en VioGén, y otro dato alarmante: sólo el 20% de mujeres (2 de cada 10 casos) que viven sumidas en violencia diaria dan un paso adelante denunciando.

 

Sería un sueño maravilloso, un horizonte al que avanzar, el hecho de no tener que utilizar nuestras potencias, habilidades y fortalezas para sobrevivir al maltrato dentro del hogar, porque sabemos que es en lo doméstico, en la casa, donde más daño psíquico se reproduce después de los territorios en guerra. Donde se arma parte de los apegos principales, y del andamiaje de nuestras estructuras internas. Ahora, además, con los teletrabajos solapados con las crianzas (aquello de poner lavadoras mientras mandas un mail) o cuando tu trabajo remunerado se realiza dentro del espacio doméstico de otras personas, la vivencia dentro de lo doméstico se alarga.

 

En los hogares es donde sucede la intimidad, parte de nuestros vínculos, donde se cuece de forma lenta una parte importante del ángulo desde el cual miramos y miraremos la vida. Esos vínculos tentaculares que nos atraviesan y conforman desde que aterrizamos en el planeta Tierra. También, es el lugar que se puede convertir en el mayor espacio de autocensura, como primera estrategia que pone en marcha el maltrato sobre nuestros nuestros cuerpos. Donde se niega, se cancela. Donde no es posible narrar de manera específica, encarnada, quirúrgica, todo el terremoto psicológico que generan los maltratos normalizados dentro de los hogares, de las casas, de los espacios domésticos. La imposibilidad de nombrar nos acerca a la muerte psíquica. Como un lugar que está librado al vacío político, a la no existencia, a la normalización de opresiones contemporáneas. Donde se puede someter a las personas en silencio, dado que dicha violencia está amparada por la situación de vulnerabilidad psicosocial en la que se encuentran las víctimas.

 

Según estudios realizados desde la psicología y el activismo perinatal, más del 20% de las mujeres que atraviesan una gestación son víctimas de violencia psicológica, y cerca del 50% de las trabajadoras cuyo empleo se desarrollado dentro del hogar de otras personas, según lo que nos cuenta OXFAM Intermón y la Asociación Por ti Mujer en esta publicación, han vivido episodios de violencia en el trabajo a lo largo de su trayectoria laboral –exceso de control; faltas de respeto, insultos y discriminación; impago de salarios; proposiciones de naturaleza sexual, violencia física y tocamientos de naturaleza sexual sin consentimiento.

 

 


Me viene lo que Arendt decía —ese mantra que nos acompaña— que sólo existimos si tenemos acceso a la existencia pública, y el hogar está reducido a lo privado, a lo que queda en manos de unas estructuras patriarcales muy antiguas donde se impone el silencio y la impunidad, como espacio donde lo público sólo aparece desde una mirada punitiva y disciplinaria


 

Me viene lo que Arendt decía —ese mantra que nos acompaña— que sólo existimos si tenemos acceso a la existencia pública, y el hogar está reducido a lo privado, a lo que queda en manos de unas estructuras patriarcales muy antiguas donde se impone el silencio y la impunidad, como espacio donde lo público sólo aparece desde una mirada punitiva y disciplinaria. Esto me recuerda a esa mítica entrevista de Foucault de los 80, cuando la tele pública era un hervidero de imaginación política, donde decía: “Lo importante es saber cómo en el comportamiento humano, en un momento dado, las evidencias se enturbian, las luces se apagan, cae la noche y la gente empieza a percibir que actúa a ciegas y necesita una nueva luz, una nueva iluminación y otras reglas de funcionamiento”.

 

¿Cuando se apagó la luz en los hogares? ¿Cuando se asumió que todo lo que se acumula ahí dentro era algo sin valor? ¿De tan poco valor como el cuerpo de las mujeres? ¿Como el cuerpo de las madres? ¿Como el cuerpo de las personas que cuidan de personas dependientes? ¿Cuando se asumió que esto tenía que seguir existiendo en contexto democráticos? ¿Cuando dejó de ser una urgencia política el proceso social de entrar a desmontar todas las opresiones, maltratos y violencias que se reproducen dentro de los hogares? ¿Sabemos que también es maltrato que no te cuiden, que te exijan sin fin, que te instalen en un territorio psíquico de agotamiento, donde no haya espacio para tu singularidad, para tus problemáticas? ¿Sabemos que es violencia tener que justificar nuestra existencia política como madres con horas de trabajo? ¿Sabemos que es maltrato responsabilizar a las víctimas de su dolor? ¿Pueden ser las casas, los hogares, espacios libres de estas dinámicas? ¿Podemos avanzar hacia ese horizonte?

 

Las casas como espacios en los que se puede nombrar con palabras nuestras experiencias. Nuestros aprendizajes. Nuestra capacidad para enhebrar las cosas más sutiles, y complejas, para que la vida continúe. Donde sostener y desarrollar todas esas prácticas vitales diarias que nos hacen humanas. Todos esos modos de hacer que van articulando el proceso de sostener la vida diariamente, modos de hacer sostenidos mayoritariamente por las mujeres, dado que los últimos estudios sitúan que los cuidados dentro de las casas los asumimos, en más de un 80%, las mujeres o que el 84% de cuidados de personas dependiente de forma no profesional dentro del hogar, también, lo asumimos nosotras.

 

Prácticas vitales diarias que sostienen la vida desde un acumulado de precisión constante, y de ir recalibrando cada acción, repetición, para que las condiciones de vida sean cada vez más amables para aquellas personas que dependen de nosotras, para las madres –y que nos permita no normalizar el arrase, el expolio y la psico–opresión que se normaliza durante las crianzas en los espacios domésticos. Prácticas vitales diarias que generan salud mental presente y futura, y desde ese reconocimiento social, desde el reconocimiento que valida el inmenso valor que tiene todo lo que sucede dentro de los hogares, avanzar para poder proporcionar el acceso a una casa propia a las madres que sufren violencias, unido al fortalecimiento del vínculo temprano madre-hija/o como estrategias de protección para familias vulnerables para evitar la pérdida de custodia e institucionalización de las niños y niñas de familias en situación de riesgo social por problemas de salud mental, según propone, acertadamente, el Informe del proyecto “MÁS CASA” de Fundación Manantial Prevención en salud mental infantil.

 

 


Elevaría a la categoría de “tecnologías de la vida” (ahora que viene la IA a poner las reglas), como tecnologías humanas o sociales, a todos esos aprendizajes que vamos acumulando para que la vida pueda continuar, fuera de las violencias, lejos del maltrato. Generando unas maneras de existir en el hogar equitativas, autorreguladas y democráticas


 

Fíjate que yo elevaría a la categoría de tecnologías de la vida (ahora que viene la IA a poner las reglas), como tecnologías humanas o sociales, a todos esos aprendizajes que vamos acumulando para que la vida pueda continuar, fuera de las violencias, lejos del maltrato. Generando unas maneras de existir en el hogar equitativas, autorreguladas y democráticas. Nombrar todo lo que se acumula y genera dentro como saberes, procesos de lucha, aprendizajes y prácticas; las cuales generan capitales diversos, imprescindibles para que todo lo demás pueda seguir funcionando. Acabar con el estado de negación social y política que continua —negando lo que pasa, se acumula, desarrolla y sostiene dentro de los hogares— donde sigue campando el daño sobre niñas, niños, madre, abuelas, jóvenes adolescentes, mayores y personas que trabajan en dichos espacios.

 

Igual hay que reiterar y perseverar en el proceso de politización del espacio doméstico, de las casas, de los hogares. Entrar a desentrañar todo lo que se acumula ahí, quién lo asume y por qué. Entender bien cómo las estructuras sociales te obligan a callar y tener que asumir una cantidad de trabajo ingente sin posibilidad de nombrarlo como tal, y que todo eso es maltrato y violencia. Reiterar en el proceso de entender las tramas que hacen que eso se siga reproduciendo, para que comience a existir en lo público todo lo silenciado en los hogares. Que el hogar tenga acceso a la ciudadanía, para que podamos alcanzar un hogar libre de maltratos y violencia para todas como un espacio donde puedes darle rienda suelta a todo lo que eres, sientes y quieres desarrollar. El hogar como un espacio de potencia vital o como dice mi amigo, Pako Herrero: “la casa como un verdadero laboratorio político donde poner en práctica todo lo aprendido en nuestras luchas”.

 

Primera versión publicada La primavera como nuevo comienzo: por un hogar libre de violencias y maltratos (El Salto Diario, 2024)

 

Luisa Fuentes Guaza es fundadora&coordinadora Posibilita y experta en feminismos, reproducción social y prácticas culturales.

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