I+D Arquitectura Posibilita

¿La casa es neutral?

Un buen número de las diferencias sociales y relaciones de poder que observamos fuera de nuestros hogares se generan y reproducen, muchas veces, desde su interior. Hacernos estas preguntas puede acercarnos a descubrir las jerarquías y dinámicas de poder que se esconden en el diseño de una casa.

En los procesos de diseño de la vivienda, raramente cuestionamos ciertas ideas que se asumen como “normales”, “neutrales” o que simplemente responden a un modelo de desarrollo de vivienda comercial: “es lo que vende”. Por ejemplo: ¿por qué la cocina es a veces el espacio más reducido de la casa? ¿Por qué el “cuarto principal” tiene su propio baño? ¿O por qué algunas casas cuentan con un “cuarto de servicio”, generalmente ubicado al fondo de la vivienda? Muchas de estas decisiones tienen su origen en relaciones de desigualdad que se han normalizado a lo largo de los años. Desde esta perspectiva, la casa no es neutral, y un buen número de las diferencias sociales y relaciones de poder que observamos fuera de nuestros hogares se generan y reproducen, muchas veces, desde su interior. Hacernos estas preguntas puede acercarnos a descubrir las jerarquías y dinámicas de poder que se esconden en el diseño de una casa.

 


La vivienda, en otras palabras, no es solo el espacio donde se desarrollan nuestras vidas; también es un lugar que organiza cuerpos e identidades y les asigna valor. De cierta forma, los aspectos del diseño del espacio reproducen jerarquías, refuerzan roles y normalizan desigualdades


 

La manera en que los espacios se distribuyen, los acabados que se les asignan, las condiciones de su amueblado y el acceso a luz, ventilación o confort térmico definen quién descansa mejor, quién tiene derecho a la intimidad, quién goza de privilegios y quién debe adaptarse, por nombrar solo algunos ejemplos. La vivienda, en otras palabras, no es solo el espacio donde se desarrollan nuestras vidas; también es un lugar que organiza cuerpos e identidades y les asigna valor. De cierta forma, los aspectos del diseño del espacio reproducen jerarquías, refuerzan roles y normalizan desigualdades. Estas dinámicas suelen reproducirse sin ser cuestionadas hasta que se naturalizan por su carácter cotidiano. Sin embargo, no tienen por qué ser así: cuanto más entendamos cómo hemos heredado estas jerarquías, más fácil será repensar el espacio doméstico desde nuevas perspectivas.

 

El legado de casa jerárquica

 

La vivienda moderna heredó una lógica que ordena a las personas según su posición dentro del hogar, estableciendo distinciones espaciales que determinan diferencias sociales. Por ejemplo, basta pensar en las características que distinguen al dormitorio principal de los dormitorios secundarios, o a los espacios “nobles” de los llamados espacios “de servicio”. Estas categorías espaciales reproducen categorías sociales que no surgieron por azar: se construyeron históricamente en relación con modelos familiares patriarcales, heteronormativos, racistas y clasistas. El “cuarto principal” no se refiere únicamente al espacio más grande o luminoso; también es la materialización de una autoridad familiar. Los otros cuartos, más pequeños o con ubicaciones menos privilegiadas, marcan grados de importancia dentro del hogar, situando al “cuarto de servicio” al final de esta jerarquía, un espacio que históricamente han ocupado mujeres migrantes, de bajos recursos y, muchas veces, racializadas.

 


El mensaje es claro: algunas actividades —y algunos cuerpos— deben permanecer en segundo plano. Estas lógicas no han desaparecido con el paso del tiempo. Siguen presentes, incluso en viviendas contemporáneas que se anuncian como “funcionales” o “modernas”


 

Algo similar ocurre con las cocinas, los cuartos de lavado o los espacios destinados al trabajo doméstico: diseñados para no verse, para minimizar el espacio que ocupan y para no interferir con la representación pública de la vida familiar. El mensaje es claro: algunas actividades —y algunos cuerpos— deben permanecer en segundo plano. Estas lógicas no han desaparecido con el paso del tiempo. Siguen presentes, incluso en viviendas contemporáneas que se anuncian como “funcionales” o “modernas”. La jerarquía, entonces, se disfraza de comodidad, de tradición o de eficiencia, pero continúa operando bajo la misma lógica de diferenciación de cuerpos e identidades.

 

De esta forma, la arquitectura doméstica ha sido una herramienta fundamental para normalizar ciertos modelos de vida sin cuestionar su origen. Las casas nos enseñan, desde temprana edad, cómo se supone que debemos relacionarnos, muchas veces naturalizando desigualdades. Cuando una vivienda presupone una familia nuclear estable, con roles fijos y jerarquías claras, deja fuera otras formas de vivir: familias diversas, redes de cuidado, convivencias no normativas o personas que negocian sus relaciones día a día.

 

Desde la negociación horizontal

 

La casa Posibilita propone pensar la distribución doméstica desde un lugar distinto, uno que evite reproducir jerarquías. Esto no significa eliminar los conflictos ni idealizar la convivencia, ni tampoco diseñar habitaciones necesariamente idénticas. Significa diseñar espacios que no decidan de antemano quién importa más, quién descansa mejor o quién tiene mejor calidad de vida. No se trata de hacer todo igual ni de borrar las diferencias, sino de evitar la reproducción de desigualdades estructurales determinadas previamente por el diseño, el sistema constructivo o el modelo de financiación.

 


En lugar de imponer un orden, la casa Posibilita negocia desde la horizontalidad. Las personas que la habitan pueden reorganizar, adaptar y llegar a acuerdos que el espacio no predetermine.


 

Una distribución horizontal se caracteriza por ofrecer habitaciones de valor equivalente —aunque no idénticas—, espacios que pueden cambiar de uso sin jerarquizarse y la eliminación de categorías espaciales que reproducen su equivalente social. En lugar de imponer un orden, la casa posibilita la negociación desde la horizontalidad. Las personas que la habitan pueden reorganizar, adaptar y llegar a acuerdos que el espacio no predetermine.

 

Algunos ejemplos concretos para desmantelar la jerarquía espacial de la vivienda incluyen: eliminar la noción de “dormitorio principal” como centro simbólico de la relación heteropatriarcal; diseñar habitaciones con condiciones comparables de luz, ventilación y tamaño; evitar que ciertos espacios queden sistemáticamente expuestos o atravesados; y permitir usos múltiples sin penalizar a quien los ocupa. Desmantelar la casa jerárquica implica identificar el legado que ha definido nuestra forma de habitar y de diseñar, y reconocer que otra manera de habitar es posible: una en la que el espacio contribuya a una convivencia más democrática, con menos imposición y más acuerdo. Otras estrategias incluyen la incorporación de espacios intermedios que permitan alejarse sin implicar un aislamiento total; habitaciones equivalentes que posibiliten rotaciones; y zonas comunes que no estén dominadas por un solo uso o por una sola persona.

 

Desmantelar la casa jerárquica y repensarla desde la negociación horizontal me hace pensar en las palabras de Marcelina Bautista Bautista, trabajadora del hogar y defensora de los derechos de las trabajadoras, quien ha dicho: “Si no hay democracia en el hogar, nunca tendremos democracia fuera del hogar”. En otras palabras, la igualdad y la justicia también se construyen en lo cotidiano y en lo íntimo, y es desde ahí donde, muchas veces, se aprenden —o se ignoran—.

 

Tania Osorio Harp es parte del área I+D Arquitectura Posibilita y Doctora UC Berkeley College of Environmental Design.

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