Miro mi casa. Cada almohada, tenedor, disco, cuento, horno, dibujo. Me pregunto como hice para tenerla, para que haya comida en el refrigerador y que sea un refugio para mis hijxs y para mi. Un lugar seguro, o mas o menos. Como desde aquí u otros cuartos o casas mi equilibrio se anclaba en una taza, una lámpara o un balón de gas. Quizás antes de ser mamá imaginaba que estaba en un mundo más igualitario, trabajaba mucho, salía, marchaba, bailaba y tomaba casi como cualquier hombre a mi alrededor. La calle era mi lugar de acción e intervención en mi trabajo y vida. Había normalizado mis grandes sufrimientos por amor, las “precauciones” ante el acoso callejero o la mirada inquisidora a mi vida sexual. Pintaba auto–retratos donde se expresaba el malestar, la represión, la vulnerabilidad. ¿Cuanto podía exponerme?
Cuando fui la mujer de la casa la presión interna y externa empezó a operar, no sabía bien como hacerlo y lo que entendía como ser mujer pintaba de cuidadora: atenta a estar en la noche o cuando mi pareja llegaba de viaje, que este su ropa limpia, acompañarlo, asistirlo en sus proyectos, que sea co-autor de los míos.
No tenía las palabras y conceptos para nombrar. A la distancia las imágenes lo sabían. Inconscientemente iba por el mundo como si fuera unisex. Al tiempo tuve mi primera convivencia con un hombre que hubiera esperado que yo sea más doméstica, pero yo no estaba acostumbrada, ni mi madre ni mi padre que vivían para el trabajo político y el cambio social lo eran. Como familia de clase media, en mi colonizado Perú lo servil continua para muchas mujeres, sobretodo migrantes, que no encuentran otro trabajo remunerado que no sea el doméstico; Así que, por más que viviéramos al día, yo crecí con una “señora” que hacía las tareas del hogar. Cuando fui la mujer de la casa la presión interna y externa empezó a operar, no sabía bien como hacerlo y lo que entendía como ser mujer pintaba de cuidadora: atenta a estar en la noche o cuando mi pareja llegaba de viaje, que este su ropa limpia, acompañarlo, asistirlo en sus proyectos, que sea co-autor de los míos.
La casa se volvió un espacio de entrega, tanto así que un día mi pareja tuvo una alergia en la ingle, y yo que solía lavar mis calzones a mano con jabón, le ofrecí hacer lo mismo con sus calzoncillos. Mientras lo hacía me puse a pensar en que yo me había ofrecido a hacerlo, ahora sé que, en esta especie de servilismo inoculado confundido con cuidado y amor, perfectamente él mismo podría haberlo hecho, pero en ese momento pensé como habría sido que me lo hubiesen pedido como parte de mis tareas como trabajadora del hogar. Un contacto intimo con alguien con quien no tenia intimidad, un trabajo que no había buscado, una vocación que no tenía. Ahí empezó una exploración/investigación que me acompaña hasta hoy y que podría nombrar como la pregunta por como se sostiene la vida. ¿Que acciones y condiciones necesitamos para vivir? ¿Quién las provee? ¿Donde?
Empecé a conversar y fotografiar a trabajadoras del hogar, pero me fui dando cuenta que, sin ser una, ni haber sufrido toda la pobreza y el racismo que violenta a la mayoría de ellas, yo también era la otra. También estaba signada por lo doméstico y no solo en términos de un espacio de refugio, intimidad y goce, sino como un trabajo. La otra frente al mundo público, el gran poder, el acceso al dinero, a viajar, a salir de casa sin planificar y la licencia para enfrascarme en mi trabajo profesional sin mirar atrás, ni a los costados. La serie de fotos titulada justamente La Otra, incluía a la empleadora y a la trabajadora del hogar, paradas una al lado de la otra mirando a la cámara. La desigualdad entre dos mujeres dentro de la subalternidad de ambas.
No vayamos a despertar la furia de las cuidadoras al punto de que realicen una revuelta que nos deje sin todo su trabajo y sus atenciones sin esperar nada a cambio.
Con la maternidad esto se hizo exponencial, inconmesurable. Se me escarapela la piel de pensar en todo lo que pretendemos de las madres. El Día de la Madre es la segunda Navidad del año en Perú; comercios grandes y pequeños hacen campañas de cuyas ventas se beneficiarán por meses. Todo ello es flor de un día para seguir explotando a gusto a las madres durante todo el año. Como en cualquier forma de explotación, en el fondo, sabemos que el cúmulo de sentimientos y trabajo que esperamos de las madres es demasiado y muchas veces amargo; creo que algo de esa verdad aflora, como lapsus del inconsciente, en la necesidad compulsiva de endulzar a mamá o darle agradecimientos simbólicos y materiales tan exagerados como fugaces. No vayamos a despertar la furia de las cuidadoras al punto de que realicen una revuelta que nos deje sin todo su trabajo y sus atenciones sin esperar nada a cambio.
Con el nacimiento de mis hijxs, la casa se volvió cárcel, cada paso fuera de ella implicaba varias coordinaciones, ni se diga salir de noche o viajar. No logré ni la tribu, ni la calle era segura para expandir la crianza en ella. Cambiaban las semanas, el clima, las sábanas y yo seguía sentada en el mismo sillón dando la teta. Hice un paisaje impresionista con el pasar de los colores por mi ventana. Me di cuenta que ir al taller a mis acostumbradas largas jornadas no era viable. Cambié. Mi casa se convirtió en mi taller, los grandes formatos y químicos se convirtieron en pedazos de papel, fotos con el móvil o pequeñas cajas con evidencias de mi día. Dientes, carritos, el cuchillo preferido, pelo, legos, secadores y flotadores fueron poblando mi trabajo de criar y crear. Pequeñas historias de maternidad fue el nombre de las tres exposiciones que hice a partir de esos primeros años de crianza intensiva, donde a pesar de todo, la casa se convirtió en el lugar privilegiado para observar la vida. Tanto todoooooooo lo que se necesita para sostenerla, como la maravilla de ver crecer plantas, animales y humanos. Antes llevaba lo intimo a la calle, ahora empezaba a politizar lo doméstico.
Los feminismos fueron claves para saber que éramos muchas, cada una desde su propia historia y realidad, pero siempre desde la tensión que implica lo doméstico entre un lugar de refugio e intimidad y un lugar de trabajo explotado.
Si no son las imágenes, es la palabra, el cuerpo, los dolores que nos van mostrando que la manera en que vivimos lo domestico aún es servil y desigual. Hacer arte, me permitió no sólo expresarlo sino ir conectando con otras formas de conocimiento y dejar de pensar que lo que vivía sólo me pasaba a mi. Los feminismos fueron claves para saber que éramos muchas, cada una desde su propia historia y realidad, pero siempre desde la tensión que implica lo doméstico entre un lugar de refugio e intimidad y un lugar de trabajo explotado. Por mas conciencia y nombrado, así como intentos de politizar el malestar a través de mi trabajo en artes y activismos, las condiciones materiales y sociales hacen cuesta arriba salir de dinámicas en que gran parte de mi tiempo se dedica al trabajo no remunerado ni reconocido de cuidar. Esto no tendría nada de malo si no viniera con condiciones precarias. En mi experiencia el acceso a la propiedad es esquiva, lo que en un mundo capitalista te deja vulnerable. Hoy no hay impedimentos legales, pero cuando me divorcie teníamos con mi pareja dos hipotecas de “Mi vivienda”, un tipo crédito con baja tasa de interés para estimular la construcción en Perú. Cada quien se quedó con una propiedad, pero a mi el banco no me quizo mantener ese tipo de crédito, a él si. Me dijeron que yo no tenia respaldo porque era sola.
Esa desconfianza del Banco en mi capacidad coincidía con lo que me decía mi exesposo: “Tú no sabes administrar el dinero” y me lo creí, actué y a veces actúo desde ahí infantilizándome. Sin pareja pero con su descalificación permanente, su familia desaparecida y encargada principal de dos niñxs, seguí tratando de conciliar crianza y múltiples trabajos, pero ademas si lograba exponer o participar activamente en un movimiento social con algo de notoriedad, esto generaba la furia de mi ex y me amenazaba con reducir la pensión. Se asocia a las mujeres con el hogar pero que difícil es tenerlo y mantenerlo. Mi casa taller me da fuerza y me consume. Quizás mi culposa venganza sea gozar y ventilar sus secretos.
Natalia Igüniz Boggio es docente en PUCP, activista y una de las artistas más relevantes, actualmente, en Perú. Su obra forma parte de exposiciones y colecciones internacionales, entre ellas Colección MNCARS