Helena Lopes, Unsplash

Monomarentalidad y acceso a la vivienda: una lectura desde la desigualdad estructural

Alquiler, suministros, alimentación, transporte, material escolar y cuidados absorben prácticamente la totalidad del ingreso mensual. No hay margen para el ahorro, y sin ahorro no hay entrada para acceder a una vivienda en propiedad.

Cuando se habla de vivienda y de madres que criamos solas, casi siempre se hace desde el error. Se plantea como una cuestión individual, como si no lograr un alquiler digno o no poder comprar una casa fuera consecuencia de una mala decisión o de no haberse esforzado lo suficiente. Pero lo que vivimos las familias monomarentales no es un fallo personal: es un problema estructural y una forma clara de violencia sistémica que recae de manera desproporcionada sobre los cuerpos maternos. Para entender esta violencia es imprescindible una mirada interseccional. Siguiendo el marco de Patricia Hill Collins, las desigualdades se organizan en ejes de poder donde ciertos modelos ocupan posiciones de privilegio y otros de opresión. En el ámbito familiar, la biparentalidad funciona como el modelo privilegiado: dos adultos, dos ingresos, corresponsabilidad presupuesta y legitimidad social. La monomarentalidad, en cambio, se sitúa en el polo de la opresión: menos recursos, más carga, menor reconocimiento y mayor sospecha institucional.

 

Además, la monomarentalidad no es una categoría homogénea. Está atravesada por otros ejes de desigualdad: clase social, raza, origen, edad, situación administrativa y acceso a derechos. No es lo mismo ser una madre monomarental blanca, europea y con cierta estabilidad que ser una madre monomarental migrante, racializada o en situación administrativa y/o laboral precaria. Estas diferencias determinan de forma directa las posibilidades reales de acceso a la vivienda, y el sistema no solo no las corrige, sino que las reproduce y amplifica.

 


La monomarentalidad no es un fenómeno marginal. En el Estado español, afecta a cerca de 950.000 niños, niñas y adolescentes que viven únicamente con su madre, y la gran mayoría lo hace sin otros adultos en el hogar


 

La monomarentalidad no es un fenómeno marginal. En el Estado español, afecta a cerca de 950.000 niños, niñas y adolescentes que viven únicamente con su madre, y la gran mayoría lo hace sin otros adultos en el hogar. Hablamos de hogares donde una sola persona adulta sostiene económica, emocional y materialmente la vida cotidiana, sin relevo ni corresponsabilidad real. Esta realidad también impacta directamente sobre la infancia: los hogares encabezados por mujeres presentan una mayor vulnerabilidad que el resto de hogares con menores. En España, entre el 81% y el 82% de las familias monoparentales están encabezadas por mujeres, según datos del INE y de la Federación de Asociaciones de familias monomarentales (FAMS). Cuando hablamos de monomarentalidad, hablamos, mayoritariamente, de mujeres sosteniendo solas la vida, aunque no todas lo hacen desde el mismo punto de partida.

 


Alquiler, suministros, alimentación, transporte, material escolar y cuidados absorben prácticamente la totalidad del ingreso mensual. No hay margen para el ahorro, y sin ahorro no hay entrada para acceder a una vivienda en propiedad.


 

El primer gran obstáculo es evidente: un solo sueldo. Las familias monomarentales accedemos a la vivienda con un único ingreso mientras sostenemos a una o varias criaturas. Sin embargo, el mercado inmobiliario sigue diseñado para hogares con dos salarios estables, continuidad laboral y disponibilidad total. Según el estudio Monomarentalidad y vivienda (FAMS, 2025), la renta media anual de los hogares monomarentales es aproximadamente un 45% inferior a la de los hogares biparentales. Aun así, el coste de la vivienda es prácticamente el mismo. El resultado es un sobreesfuerzo habitacional: más del 60% de las familias monomarentales destinan más del 40% de sus ingresos al pago de la vivienda. Dicho de forma sencilla: pagamos demasiado por una casa con un dinero que no alcanza. Con este nivel de gasto, la posibilidad de ahorrar desaparece. Alquiler, suministros, alimentación, transporte, material escolar y cuidados absorben prácticamente la totalidad del ingreso mensual. No hay margen para el ahorro, y sin ahorro no hay entrada para acceder a una vivienda en propiedad.

 

Este bloqueo afecta a todas las familias monomarentales, pero de forma desigual. Para las mujeres migrantes, racializadas o sin red familiar cercana, la falta de ahorro se combina con mayores dificultades de acceso al crédito y peores condiciones laborales. Se nos exige ahorrar para comprar vivienda, pero se nos mantiene en condiciones materiales que hacen imposible ese ahorro. Buscar vivienda de alquiler como madre sola con criaturas implica enfrentarse a una discriminación cotidiana. Existen anuncios en los que se especifica abiertamente “no se aceptan niños”, y otros donde el rechazo es implícito pero igual de efectivo. La presencia de criaturas se convierte en un factor de exclusión directa del acceso a la vivienda. Además, muchas madres monomarentales son descartadas por considerarlas un “perfil de riesgo”, no por falta de solvencia real, sino por la presunción de vulnerabilidad futura. Esta discriminación se intensifica cuando se cruzan otros ejes, como el origen migratorio o la racialización. El sistema penaliza una vulnerabilidad que él mismo produce.

 


Para alquilar o comprar se exige estabilidad laboral, pero para mantener un empleo estable es necesaria la conciliación, y la conciliación no existe en condiciones reales para la mayoría de las familias monomarentales


 

El acceso a la vivienda está estrechamente ligado al empleo. Para alquilar o comprar se exige estabilidad laboral, pero para mantener un empleo estable es necesaria la conciliación, y la conciliación no existe en condiciones reales para la mayoría de las familias monomarentales. Las ausencias derivadas de la crianza afectan de manera desigual según la posición social. No es lo mismo faltar a un trabajo con contrato indefinido que hacerlo desde la economía sumergida o los empleos sin derechos, donde se concentran muchas mujeres migrantes y racializadas. Sin red de apoyo, sin comunidad y sin vivienda estable, no hay horizonte profesional posible, y sin horizonte profesional, vuelve a cerrarse la puerta del acceso a la vivienda.

 

Según el informe Madre no hay más que una: monoparentalidad, género y pobreza infantil, elaborado por el Alto Comisionado contra la Pobreza Infantil (2021), l os datos sobre pobreza infantil refuerzan esta lectura estructural. El 47,3% de los niños, niñas y adolescentes que viven en hogares monomarentales simples están en riesgo de pobreza o exclusión social, frente al 27,4% de la media estatal. Esta cifra asciende al 52,3% cuando el núcleo monomarental convive con otros adultos. La privación material severa alcanza el 13,5% en hogares monomarentales simples y el 15,7% cuando hay otros convivientes. Según la Encuesta de Condiciones de Vida (INE, 2024), el 50,3% de los hogares monomarentales se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social, frente al 28,3% de los hogares biparentales. A esto se suma un dato estructural clave: España cuenta con uno de los parques de vivienda social más bajos de Europa, apenas un 2,5% del total, lo que deja a estas familias sin red pública suficiente cuando el mercado expulsa.

 


Las madres que criamos solas no somos una excepción ni una anomalía. Somos muchas, diversas y atravesadas por desigualdades múltiples. Lo que falla no son nuestras decisiones, sino un sistema que sigue organizado en torno a un modelo familiar privilegiado y excluyente


 

Criar solas no debería ser una condena habitacional. Tener hijas o hijos no debería expulsarnos del derecho a una vivienda digna. Y vivir con un solo sueldo no debería equivaler a vivir permanentemente al borde del abismo. Cuando hablamos de vivienda y monomarentalidad no hablamos solo de madres adultas gestionando dificultades individuales, sino de cientos de miles de niños y niñas creciendo en contextos de precariedad estructural, no por falta de cuidados, sino por falta de derechos garantizados. La vivienda no es solo un techo: es una condición básica para que la vida —y la infancia— puedan desarrollarse con dignidad.

 

Bea Merchán es colaboradora contenidos Posibilita, socióloga e investigadora feminista, activista y divulgadora sobre maternidades monomarentales, disidentes y precarizadas. Escribe en El Salto Diario y plataformas online.

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