Los espacios que habitamos influyen directamente en nuestra salud. No son neutros. Nos cuidan o nos desgastan, muchas veces sin que nos demos cuenta. Pasamos la mayor parte de nuestra vida dentro de espacios construidos. Permanecemos ocho horas diarias en los mismos ambientes: espacio de trabajo o estudio y otro tercio de la vida en el dormitorio. Con el estilo de vida actual, pasamos un 80-90% de la jornada en el interior de edificios.
El hogar es el espacio que nos acoge, día a día, después de una larga jornada laboral, nuestro refugio personal, el lugar donde nos identificamos. Un espacio para disfrutar, compartir, autorregularnos y descansar. Por ello, la biohabitabilidad desde perspectivas de género se coloca como una herramienta de análisis fundamental para generar condiciones de vida dignas. Estudia, mide y evalúa los factores ambientales que inciden en el bienestar, el confort y la salud de las mujeres, de sus criaturas y de las personas dependiente que conviven en dichos espacios. Analiza cómo generar condiciones de salud presente y futura en dichos espacios si sitúa como un derecho inherente a la dignidad humana.
La sociedad de consumo y del bienestar se ha desarrollado en unas pocas décadas, permitiendo disponer de productos a gran escala, con una larga durabilidad a precios más accesibles. Por lo que ha sido necesario incluir sustancias químicas sintéticas que, aunque a priori se consideraban inocuas, después de años de exposición se empiezan a conocer efectos secundarios que algunas entrañan para la salud del medio ambiente y de las personas. Están en los alimentos, cosméticos, detergentes, materiales de construcción. Al día de hoy, convivimos con muchos agentes tóxicos.
Las criaturas con sus sistemas biológicos en permanente evolución son cuerpos más fáciles de dañar y más sensibles ante una determinada exposición. Además de no disponen, todavía, de los sistemas para transformar, depurar y eliminar dichos tóxicos
La respuesta biológica de los cuerpos a estos agentes tóxicos es muy variable. Hay grupos de riesgo, segmentos de la población que son más sensibles ante la exposición de un agente tóxico o alterador biológico, por lo que sus efectos en su salud pueden ser más pronunciados. La edad es un factor que determina la vulnerabilidad del organismo humano a estos agentes tóxicos. Las criaturas, con sus sistemas biológicos en permanente evolución, son cuerpos más fáciles de dañar y más sensibles ante una determinada exposición. Además de no disponen, todavía, de los sistemas para transformar, depurar y eliminar dichos tóxicos.
Las personas mayores también constituyen otro grupo de riesgo, con la edad el sistema inmune merma su capacidad de reacción, generando mayor vulnerabilidad a los ambientes tóxicos que se han normalizado dentro del hogar.
Hay evidencias claras de las diferencias de género en la relación con la vulnerabilidad a los agentes de riesgos ambientales. Las estadísticas muestran un mayor número de personas con capacidad menstruante afectadas respecto a las que no tienen capacidad menstruante. Más del 80% de las afectadas por síntomas relacionados por la exposición de tóxicos en el ambiente, tales como, el síndrome de sensibilidad química múltiple, fatiga crónica, fibromialgia y similares enfermedades auto–inmunes son cuerpos con capacidad menstruante (mayoritariamente situadas como mujeres).
Hormonalmente el cuerpo con capacidad menstruante es más sensible y complejo. El sistema hormonal de un cuerpo menstruante es más complejo debido a sus cíclicas fluctuaciones a lo largo del mes (ciclo menstrual), procesos reproductivos (embarazo, parto lactancia, puerperio, menopausia). Además durante nuestra etapa reproductiva, los cuerpos con capacidad menstruante (mayoritariamente situadas como mujeres) tendemos a padecer carencias en los depósitos de hierro –lo que nos hace más vulnerables a que los factores ambientales químicos lleguen al cerebro y afecten a nuestros sistemas internos.
Ante el contacto con la misma cantidad de sustancia química, los cuerpos con capacidad menstruante (mayoritariamente situadas como mujeres) debido a los estrógenos, muestran mayor afección observada respecto a los cuerpos que no tienen capacidad menstruante.
Algunas de las sustancias químicas actúan mimetizando las hormonas del cuerpo, en concreto los estrógenos, y las utilizan junto con neurotransmisores para llegar al cerebro y afectar al sistema nervioso central. Ante el contacto con la misma cantidad de sustancia química, los cuerpos con capacidad menstruante (mayoritariamente situadas como mujeres) debido a los estrógenos, muestran mayor afección observada que en los cuerpos que no tienen capacidad menstruante. También afecta el estrés físico y mental, que nos hace más vulnerables a los tóxicos y ayuda a que los tóxicos penetren con mayor facilidad en el sistema nervioso central.
Hay una diferencia también en el porcentaje de materia grasa en los cuerpos con capacidad menstruante (mayoritariamente situadas como mujeres) respecto de los cuerpos que no tienen capacidad menstruante (situados, mayoritariamente, como hombres). Diferencia marcada porque en los cuerpos con capacidad menstruaste se acumula aproximadamente un 15% más de grasa; y este extra de tejido adiposo actúa como una mochila de almacenamiento de tóxicos, especialmente de sustancias liposolubles con capacidad de acumulación (compuestos orgánicos persistentes, mercurio, DDT o los PCB o bifenilos policlorados o compuestos organoclorados con una estructura química similar que presentan una alta estabilidad térmica con gran resistencia a la inflamabilidad, aceites lubricantes, dieléctricos, fluidos hidráulicos, resinas aislantes, pinturas, ceras o selladores de juntas de hormigón).
A parte de que las tareas que, históricamente, han sido relegadas a las mujeres, como parte de la asignación espacio doméstico&género, tanto en le ámbito laboral como el doméstico, nos ponen en contacto con mayor cantidad de agentes químicos: trabajos domésticos de limpieza del hogar, hábitos de “belleza&consumo” que nos exponen a una amplia gama de productos químicos sintéticos junto a la normalización, en el imaginario de las mujeres, de un autoconcepto sobre el propio cuerpo como un cuerpo imperfecto, erróneo. Cuerpo que hay que transformar.
Los elementos tóxicos pueden entrar a nuestro organismo inhalándolos o contacto o ingestión y actuar como disruptores endocrinos, las cuales son un conjunto de sustancias diversas y heterogéneas ajenas al organismo que son capaces de alterar el equilibrio hormonal y la regulación del desarrollo embrionario
Hoy día sabemos que los elementos tóxicos pueden entrar a nuestro organismo inhalándolos, por contacto, o por ingestión y actuar como disruptores endocrinos, que son un conjunto de sustancias diversas y heterogéneas ajenas al organismo que son capaces de alterar el equilibrio hormonal y la regulación del desarrollo embrionario, pueden interferir alterando la síntesis, liberación, transporte, enlace acción o eliminación de las hormonas naturales del organismo. Estos son muy peligrosos, las dosis muy bajas pueden ser muy perjudiciales, y sus efectos adversos para la salud pueden manifestarse años después de darse la exposición.
Hablamos de los Ftalatos (plastificantes en suelo vinílicos), el Bisfenol A (BPA/BPS, en el papel térmico, comida enlatada, plástico policarbonato) y los compuestos perfluorados (PFCs, teflón sartenes, chubasqueros, electrónica, etc). Todas estas emisiones van sumando –lo que llamamos coctel tóxico– y estar expuesta a pequeñas cantidades de alguna de estas sustancias tóxicas no es conveniente, porque la suma de todas estas pequeñas cantidades puedes desequilibrar la salud.
Desde Posibilita, cuando nos referimos a parámetros de biohabitabilidad aplicados sobre nuestras casas Posibilita, hablamos de diseñar y habitar espacios que favorezcan la vida, la salud y el cuidado tanto en el presente como en el futuro. Hablamos de salud presente. Hablamos de nuestra salud como cuerpos menstruantes (mayoritariamente situadas como mujeres) y de la salud de todas las personas dependientes y convivientes que sostenemos dentro de nuestros hogares.
Hablamos de espacios que favorecen la salud y bienestar presente y futuro, como parte del derecho fundamental del Artículo 47 sobre tener acceso a una vivienda digna y adecuada, entendiendo que con “adecuada” nos referimos a espacios que no dañan nuestros sistemas endocrinos, hormonales, nerviosos y los diversos ciclos que atravesamos a lo lago de la vida
Hablamos de tener presentes cuestiones muy básicas, como mínimos innegociables que debería tener cada casa, cada hogar, como derechos inherentes a la dignidad humana. Hablamos de espacios que favorecen la salud y bienestar presente y futuro, como parte del derecho fundamental del Artículo 47 sobre tener acceso a una vivienda digna y adecuada, entendiendo que con “adecuada” nos referimos a espacios que no dañan nuestros sistemas endocrinos, hormonales, nerviosos y los diversos ciclos que atravesamos a lo lago de la vida todos los cuerpos con capacidad menstruante (mayoritariamente situadas como mujeres).
Para Posibilita la biohabitabilidad desde perspectivas de género aplicada en nuestras casas Posibilita consiste en respirar aire limpio, tener luz natural, no vivir con humedad, vivir sin ruido constante (contaminación acústica) y sin temperaturas extremas (bienestar térmico). Vivir en hogares con condiciones estructurales, matéricas y arquitectónicas que influyan y favorezcan nuestro descanso y el despliegue de nuestros procesos vitales. Condiciones que faciliten poder regular nuestro estado de ánimo y nuestra salud mental.
La biohabitabilidad no es un lujo, ni una tendencia verde. Es una herramienta de justicia social, de salud pública y de cuidado colectivo. Diseñar con materiales menos tóxicos, con buena ventilación, con luz natural y pensando en los cuidados cotidianos es una forma concreta de poner la vida en el centro.
Mariana Alonso–Misol es parte del área I+D Arquitectura Posibilita, experta en bio–habitabilidad desde ejes de género y arquitecta de interiores en L35 Architects (Barcelona).