Mateo Villanova trabaja en VerdeAzul – Arquitectura Social, plataforma que ha provisionado de respuesta habitacional a más de 4000 familias en Chile, y desde Posibilita nos enorgullece compartir el acuerdo de colaboración que hemos cerrado con ellas: más info aquí. Además ha colaborado con la plataforma de investigación y acción Hipnopèdia Urbana, Fundación Un Techo Para Chile y cofundadora de la colectiva chilena Ciudad de Trapo dedicada a investigar sobre la producción social de hábitat, defendiendo la ciudad como el soporte físico de las personas y cómo sus formas determinan cómo vivimos, dejando en abierto la pregunta sobre: ¿cómo sería la arquitectura de una sociedad postcapitalista que se basase en el cuidado personal e interpersonal?
Nos cuentas un poco sobre tu proyecto de comuna feminista «Tejiendo cuidado. Fomentar comunidad en Ciutat Vella»
«La comuna feminista» es el nombre cariñoso, rebelde, con el que llamé a mi Trabajo Final de Máster en Arquitectura. Lo llamé así porque sabía que unir «comuna» y «feminismo» incomodaría a los profesores más tradicionales de la escuela, cuya visión suele ser bastante rígida y centrada en figuras masculinas.
Las ciudades que habitamos hoy han sido y siguen siendo diseñadas desde construcciones sociales de carácter androcéntrico, es decir, desde ideas y entendimientos del mundo que sólo engloban a un sector muy específico de la globalidad
El origen de la idea tiene lugar en mis últimos años de carrera, cuando me sumergí en el urbanismo con perspectiva de género. En un primer momento estudié de mano y letra de profesionales occidentales como Dolores Hayden con su icónica publicación The Grand Domestic Revolution: A History of Feminist Designs for American Homes, Neighborhoods, and Cities (1982), Zaida Muxí, Anna Puigjaner, Col.lectiu Punt 6 – Urbanismo feminista por una transformación radical de los espacios de vida, entre otras; cómo las ciudades que habitamos hoy han sido y siguen siendo diseñadas desde construcciones sociales de carácter androcéntrico, es decir, desde ideas y entendimientos del mundo que sólo engloban a un sector muy específico de la globalidad: al hombre europeo, de clase media, con un funcionamiento psíquico-físico óptimo, y que además pretende perpetuarlo al no incluir otras experiencias en los procesos de diseño.
La arquitectura, salvo ejemplos y exploraciones, se revelaba con este análisis ineficiente ante la vida humana en su totalidad. Desde la planificación urbana basada en los tiempos de producción, pasando por la dura separación de los espacios público y privado, (privatizando valga la redundancia la vida cotidiana), al propio descuido a la hora de diseñar en todas las escalas teniendo en cuenta las diferentes corporalidades y necesidades de las personas; el diseño espacial de las ciudades y de las viviendas estaba en deuda con el feminismo interseccional. Aquí es donde se abrió una oportunidad para mí. Lejos de tratar de encontrar un “producto arquitectónico” con la etiqueta de feminista, decidí comenzar a preguntarme cosas y ver dónde me llevaban dichas preguntas en términos de diseño espacial.
El punto de partida del proyecto se basó en el concepto de ética del cuidado de la politóloga Joan Tronto, en el cual se redefine el cuidado como una práctica política y democrática, no solo un sentimiento o labor doméstica. Este postulado defiende el cuidado entre personas y de una misma como fundamental en la vida de la especie humana, situándolo conceptualmente en lo político y lo económico frente a sistemas históricos que niegan este aspecto de la vida como el capitalismo neoliberal que hoy en día rige nuestra sociedad. Ante este flujo sensible, potente, surgía la pregunta inicial “¿cómo sería la arquitectura de una sociedad donde cuidarnos entre personas fuese prioritario y colectivo?”
Desde luego, si las actividades de cuidado se reflejasen en la ciudad con la presencia que merecen, veríamos que el límite entre aquello que se considera público y aquello que se considera privado se empezaría a difuminar. La arquitectura, en vez de dividir férreamente esferas espaciales, debía permitir que el cuidado colectivo fuese acogido en diferentes ámbitos: acompañar, limpiar, gestionar, ordenar, cocinar, lavar ropa, diferentes verbos con lugar para accionarse en los espacios comunitarios.
En ese momento empezó a tomar forma la comuna feminista: se diseñaron espacios-corazón donde todas las actividades de cuidado pudieran ser repartidas en comunidad. Aparecieron en el proyecto grandes cocinas, comedores, baños compartidos, salones acogedores de comunidad y espacios exteriores de terrazas y patios. Además, queriendo invitar al resto del vecindario a estos espacios, se diseñaron también cuatro elementos arquitectónicos de mayor tamaño que podían acoger programas comunitarios como talleres, actividades deportivas, co-working, asambleas, una biblioteca. Cuanto más pudiese ofrecer, más se podría colectivizar.
Aunque el proyecto proponía una vida social muy fuerte, la intimidad fue un concepto clave. La regulación de la exposición al resto, en términos de psicología ambiental, se volvió una premisa
En esta superposición de esferas intermedias (ni públicas ni privadas, sino comunitarias) aparecieron entonces dudas o reflexiones con respecto a la capa más privada de habitar que también debía tener lugar en la comuna. Aunque el proyecto proponía una vida social muy fuerte, la intimidad fue un concepto clave. La regulación de la exposición al resto, en términos de psicología ambiental, se volvió una premisa que, traducida al diseño, dio lugar a diferentes soluciones de cerramientos y espacios intersticiales.
En cuanto al programa de cada vivienda, al sacar las tareas comunes del ámbito tradicionalmente privado la casa se transforma: deja de ser un lugar de «trabajo doméstico» para convertirse en un refugio personal que cada uno adapta a su gusto. Tenía esta escala, además, un carácter más temporal que los espacios comunitarios.
Tomaba forma la comuna como una superposición de esferas espaciales con diferentes grados de exposición y recogimiento: el programa de carácter vecinal donde lo público (la ciudad) se encontraba con espacios propositivos que habitar, los espacios de ocio y cuidado donde las personas integrantes de esta comunidad podían vivir los cuidados y el ocio de forma colectiva, y, por último, el cobijo más privado para los núcleos familiares que era diseñado según las necesidades y los tramos vitales de cada uno. Así, en una manzana histórica del barrio medieval de Velluters, en València, se propuso una comuna feminista, un espacio arquitectónico que, desde la imaginación, trataba de encontrar expresiones arquitectónicas para una sociedad basada en el cuidado interpersonal.
La arquitectura puede ayudar a cambiar la sociedad, transformando nuestras viviendas en lugares más humanos y solidarios sin perder el contacto con la realidad actual
Aunque el tribunal calificó el proyecto de «utópico», yo lo veo como un «virus» positivo capaz de transformar barrios antiguos. Al final, lo titulé Tejiendo cuidado porque busca demostrar que la arquitectura puede ayudar a cambiar la sociedad, transformando nuestras viviendas en lugares más humanos y solidarios sin perder el contacto con la realidad actual.
Me gustaría ahondar en la ética del cuidado que comentas de Joan Tronto como un posicionamiento frente a la ciudad capitalista y patriarcal, recordando que este concepto ha sido referencial para todas las que hemos investigado sobre cómo estructurar los cuidados desde las distintas capas que los conformar y sostienen.
Normalmente pensamos en la «ética» como un conjunto de reglas abstractas sobre lo que está bien o mal. Pero autoras como Carol Gilligan y Joan Tronto proponen algo mucho más humano: la ética del cuidado.
Esta idea parte de una realidad innegable: todas las personas necesitamos cuidados, todas los recibimos y todas los damos. No somos islas autosuficientes; somos seres interdependientes. Sin embargo, históricamente, el cuidado se ha escondido dentro de las casas (la esfera privada) y se ha dejado bajo la responsabilidad casi exclusiva de las mujeres. La propuesta de Tronto es sacarlo a la luz y convertirlo en una responsabilidad pública y política. Como explicaba antes, y como se lleva denunciando décadas desde la producción feminista de conocimiento: nuestras ciudades no son neutras. Más bien al contrario, las ciudades son ineficientes ante toda la riqueza de movimientos y encuentros que se dan durante el cotidiano, son inaccesibles para las diversidades funcionales y, en muchos casos, solidifican barreras de clase.
Por tanto, si seguimos la ética del cuidado y ponemos esta interdependencia en el centro de la vida (y del hábitat) necesitamos pensar en espacios que acojan el cuidado colectivizado. Aparecen dudas, preguntas, que desbaratan la ciudad hegemónica, patriarcal y capitalista. Como ejemplo: ¿qué pasaría si la cocina, la lavandería o las zonas de juego no estuvieran encerradas en cada piso, sino que fueran espacios comunes del vecindario? Que podría existir un apoyo real entre la comunidad: una red de ayuda para criar, cocinar, descansar, acompañarse. Encontramos diversos ejemplos del poder espacial que reside en estos planteamientos: desde las viviendas de los años 70 de Nina West en Londres para madres solteras como asociación de vivienda sin ánimo de lucro para familias monomarentales, con especial énfasis en madres divorciadas o separadas y sus hijas e hijos. Hasta las investigaciones contemporáneas de Anna Puigjaner sobre ciudades sin cocina, donde comer se convierte en un acto social y compartido.
¿Consideras, Paloma, que la verticalidad actual de la arquitectura contemporánea que hemos asumido como paisaje urbano puede generar mucha violencia sobre las personas que cuidan de otras personas y sobre las personas dependiente? Al ser una arquitectura lejos de la escala de lo humano, de lo manejable, y obedecer a unos mandatos que representan la acumulación del poder económico.
La arquitectura occidental no se diseña para seres humanos reales, sino para un modelo idealizado: un cuerpo joven, sano, masculino y con recursos. Históricamente, quienes han diseñado nuestras ciudades no han tenido que cuidar de nadie ni han experimentado la dependencia física. Esto ha creado una arquitectura basada en «lo sublime»: edificios enormes pensados para impresionar y ejercer poder, pero que olvidan por completo la escala humana y la comodidad de los cuerpos que necesitan descanso. Incluso el mobiliario moderno parece, a veces, estar peleado con la anatomía de una persona que cuida o que necesita ser cuidada.
En este escenario arquitectónico, a veces no nos damos cuenta de que el diseño nos agrede hasta que lo sufrimos. Esa «violencia corporal» se esconde en los detalles de nuestro barrio. En la calle, las aceras con escalones imposibles para una silla de ruedas, semáforos que se ponen en rojo antes de que una persona mayor termine de cruzar, o la falta de bancos donde sentarse a recuperar el aliento. En el clima y la seguridad, la ausencia de sombras para refugiarse del sol o la falta de luz que nos hace sentir expuestas y vulnerables al caminar de noche. Dentro de casa, las cocinas son diminutas y aisladas (como si cocinar fuera un castigo) o la falta de espacio para tender la ropa, porque quien diseñó la casa probablemente nunca tuvo que hacer la colada. Son detalles que dificultan la vida, especialmente para quienes están en situaciones de vulnerabilidad o dedicando su tiempo a cuidar de otros.
Frente a esta violencia, surgen propuestas que nacen de la experiencia real. Un ejemplo brillante en España es el trabajo de las arquitectas Parra-Müller. Bajo el lema El parto es nuestro, la arquitectura también, han transformado las salas de maternidad de los hospitales.
En lugar de espacios fríos y hostiles, diseñan pensando en la mujer: mobiliario con curvas y distancias pensadas para el movimiento real del parto, baños accesibles y cortinas que garantizan la intimidad, espacios que cuidan, creados por personas que entienden la sensibilidad de ese momento. Visibilizar estos proyectos es fundamental. Son la prueba de que la arquitectura puede dejar de ser una herramienta de control patriarcal para convertirse en un aliado que nos acompaña y nos protege.
Luisa Fuentes Guaza es fundadora y coordinadora Posibilita y experta en feminismos, reproducción social y prácticas culturales.